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MARIE JULIE JAHENNY, MÍSTICA FRANCESA

La vida de Marie Julie Jahenny es una vida mística al ciento por ciento. Todos los días tenía éxtasis en los que se comunicaba con Jesús o la Virgen María, los santos o los ángeles. Tuvo mucho que sufrir, pues fue un alma víctima. Todo lo ofrecía a Jesús por la conversión de los pecadores. Y Jesús le dio los estigmas de su Pasión para poder identificarse más plenamente con él.

P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
MARIE  JULIE  JAHENNY, MÍSTICA  FRANCESA



















S. MILLÁN – 2018


MARIE  JULIE  JAHENNY, MÍSTICA  FRANCESA










Nihil Obstat
Padre Ricardo Rebolleda
Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto








Imprimatur
Mons. José Carmelo Martínez
Obispo de Cajamarca (Perú)














S. MILLÁN – 2018

ÍNDICE GENERAL


INTRODUCCIÓN
Su infancia.
Enfermedades.
Las llagas.
Corona de espinas.
Esponsales.
Incomprensiones.
Los santos.
El demonio.
Escapulario.
Hechos milagrosos.
La misa.
El Niño Jesús.
El ángel de la guarda.
El purgatorio.
Papas y profecías.
Su muerte.


CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA



















INTRODUCCIÓN

La vida de Marie Julie Jahenny es una vida mística al ciento por ciento. Todos los días tenía éxtasis en los que se comunicaba con Jesús o la Virgen María, los santos o los ángeles. Tuvo mucho que sufrir, pues fue un alma víctima. Todo lo ofrecía a Jesús por la conversión de los pecadores. Y Jesús le dio los estigmas de su Pasión para poder identificarse más plenamente con él.

Todos los viernes vivía la pasión de Jesús. Sufrió mucho por algunos sacerdotes que creían que todo lo suyo era histerismo y engañaba a todos. Por eso, le suprimieron la confesión y comunión durante un largo tiempo hasta que el mismo Papa León XIII escribió tres cartas personales a su obispo para que le administraran los sacramentos.

Ella todo lo ofrecía con amor a Jesús y solía decir: Sufrir y no morir. Sus dos palabras más importantes para su vida espiritual eran: Sufrimiento y amor, amor y sufrimiento.

A lo largo de este relato de su vida, anotaremos algunas visiones de sus éxtasis para comprender mejor lo grande que es la misa, la misión de nuestros ángeles custodios, la necesidad de rezar por las almas del purgatorio y otras cosas importantes de nuestra fe católica.

Ojalá que su vida nos estimule a nosotros en el camino de la santidad y podamos decir con sinceridad y voluntad: Quiero ser santo. Y si no llegamos a ser santos canonizados, al menos, al haberlo intentado y deseado, ojalá hayamos cumplido fielmente la misión que Dios nos ha encomendado en este mundo.
















SU  INFANCIA

Marie Julie Jahenny nació el 12 de febrero de 1850 en Coyault, un lugar de una docena de casas muy cerca de Blain en Francia. Fue bautizada al día siguiente. Sus padres fueron Carlos Jahenny y María Boya. Sus padrinos de bautismo: Francisco Jahenny y Juana Boya.

Su padre era un hombre frío de sentimientos, pero muy trabajador y fiel a sus deberes religiosos. Su madre era más abierta y simpática que su esposo, con un carácter firme, a la vez que honesta y piadosa. Normalmente ambos padres se acercaban mensualmente al sacramento de la confesión y comunión, y rezaban todos los días en familia. Tuvieron cinco hijos, de los cuales Rosa murió en su infancia. Los otros hijos, además de Marie Julie, fueron Carlos (Charles), Ángela y Juana.

Nuestra Marie Julie (María Julia) era la mayor y ayudaba a sus padres en las tareas del campo en la medida de sus fuerzas. A los 7 años hizo su primera confesión.  Enla escuela aprendió a leer, pero escribía no muy bien.

En cuanto a su vida de piedad, desde muy pequeña se le notaba ansias de soledad y le gustaba apartarse de los demás y estar sola para orar y hacer penitencia. Sus padres la mandaban con tres vacas al campo y ella aprovechaba el tiempo haciendo algún altar con flores silvestres, un crucifijo y una imagen de la Virgen, que había comprado muy barata. María y la cruz fueron las dos grandes devociones de su vida junto con Jesús Eucaristía. A veces le gustaba ir a algún altozano para ver a lo lejos la torre de la iglesia y pensar en Jesús que estaba allí presente.

Aprendió a hacer penitencias desde pequeña y se hizo un cinturón de cuero con clavos y puntas que atravesaban la piel. También se frotaba con ortigas o se metía clavos o piedras en los zapatos. Se hizo una cruz de más de un metro y dormía sobre ella. Pero el confesor, a sus 16 años, le confiscó sus instrumentos de penitencia.

Hizo su primera comunión a los diez años y medio, después de seis meses de  preparación. Su madre declaró que desde su primera comunión se le notaba más piadosa. Dijo en 1873: Mi hija siempre fue piadosa, sobre todo después de su primera comunión. Ella repetía todos los sermones que oía  .

 A sus 15 años se puso bajo la dirección espiritual del padre David, I´abbé David, vicario parroquial de Blain. Se acostumbró a ir a misa y comulgar una vez entre semana, además del domingo.


ENFERMEDADES

Deseaba ser religiosa, pero el padre David la desanimó por su poca salud. Tenía algunos accesos de fiebre, algo de paludismo y otras limitaciones.

A los 16 años sus padres la colocaron en casa de una familia del vecindario, los Miltais, para trabajar como empleada doméstica, pero a los seis meses tuvo que regresar a casa por su mala salud. A sus 22 años comenzó a aprender costura en casa de las señoritas Péhe de Blain. Ganaba ocho dineros por día. Años más tarde recordaba que las señoritas tenían mucho miedo de los ladrones y todos los días debía pasar la escoba por debajo de la cama a ver si había algún hombre escondido.

El médico de Blain curaba a su hermano Carlos y su madre alguna vez la envió a pagar los honorarios al médico, quien en su propio domicilio, un día quiso atentar contra su honor. Ella se resistió y huyó corriendo; y siempre le agradeció a Dios por haberla librado de las garras del tigre. Por este motivo la familia cambió de médico.

El 6 de enero de 1873, durante la misa, se sintió mal y tuvo que regresar de inmediato a su casa. Durante un mes estuvo en casa, pero iba empeorando. El médico diagnosticó cáncer al estómago. El 12 de febrero estaba muy mal. El padre David llegó a su casa a confesarla. El día 15 la encontró sin conocimiento y el 22 le administró la unción de los enfermos. Ese mismo día Marie Julie abrió sus ojos y miró hacia un punto fijo. Estaba viendo a la Virgen que estaba silenciosa. Unas horas más tarde de nuevo se le apareció la Virgen y le dijo: Querida hija, no temas. Soy la Virgen inmaculada. Tú sufres. Ella anotó: La Virgen se inclinó hacia mí. Su brazo derecho sobre su corazón, el izquierdo apoyado sobre una cruz. Su mano derecha la puso sobre mi corazón y me prometió curarme el 2 de mayo a las tres de la tarde. Antes de despedirse me anunció: "Volveré a verte".

El 15 de marzo, de nuevo se le apareció la Virgen María y le dijo: ¿Quieres aceptar las cinco llagas de mi divino hijo? Julie aceptó. María añadió: ¿Quieres sufrir el resto de tu vida por la conversión de los pecadores? Respondió: Sí, madre mía, si tu hijo divino lo desea. Yo me someto a su santa voluntad. Y María añadió: Mi querida hija, esa será tu misión.

LAS  LLAGAS

El 20 de marzo de 1873 Julie previno a su familia, porque sabía que iba a recibir las llagas. Su padre fue a la parroquia a avisar al párroco, pero éste se rió de la noticia. Ese día había ya 200 personas en su casita y empezó todo con unas convulsiones. Su mano izquierda comenzó a sangrar y después de cinco minutos pasó lo mismo con la mano derecha. Y después con las llagas de los pies y del costado.

Todo había comenzado con una visión de Jesús, que tenía sus cinco llagas brillantes como el sol. Un rayo de luz partió sucesivamente de cada una de las llagas de Jesús para hacerle la llaga correspondiente a Julie. El rayo de luz que salió del costado de Cristo era dos veces más largo que los de las manos y pies y tenía la forma de una punta de lanza. Ella vivió los dolores de la pasión y crucifixión de Jesús todos los viernes hasta su muerte.

Al párroco de Blain le comunicaron los hechos y envió un aviso al obispo de Nantes para que enviara para el viernes siguiente una comisión investigadora. Esta comisión la formaban dos médicos, el padre Rousteau y dos delegados del obispo: el padre Vignard y el padre Joüon. Sin embargo, el miércoles, la madre de Julie fue a visitar al párroco de Blain y le comunicó de parte de su hija: Si los médicos vienen de Nantes y el doctor Sortais los acompaña, la Virgen María ha dicho que su presencia impedirá que salga sangre de las llagas. Además ningún médico debe tocarla.

El viernes 28 de marzo había mucha gente en el lugar, entre cinco y diez mil personas. Los enviados por el obispo llegaron temprano, acompañados de algunos médicos de los alrededores. Julie les dijo que la sangre no saldría. Habían desobedecido. Algunos presentes murmuraban y otros hasta blasfemaban. La investigación se prolongó, la gente del exterior se impacientó y se les hizo entrar. Desfilaron durante varias horas. Todos veían a Julie en su cama y las llagas visibles en sus manos, pero no había sangre. La opinión general fue desfavorable para Julie y menos favorable aún el informe que los médicos enviaron al obispo. Manifestaron que no había nada de sobrenatural y que todo se debía a una crisis nerviosa sin fenómenos milagrosos.








CURACIONES

Su hermano Carlos llevaba 16 meses enfermo de la rodilla izquierda y no podía dormir por las noches. Julie, a quien la Virgen le había prometido curarla el 2 de mayo, le pidió que ese mismo día curara a su hermano Carlos.

Ese día el padre David le llevó la comunión. Había presentes unas 40 personas y cinco sacerdotes. Todo comenzó con un asalto del demonio que, con permiso de Dios, la hizo sufrir con movimientos tan violentos que las barras de la cama se rompían. Esto duró hora y media. Después vino la calma. Se le apareció la Virgen y ella le dijo: Madre mía, os pido la curación de  mi hermano. En ese momento Carlos se puso a temblar y a llorar. Había sentido un chasquido en su rodilla. Se levantó y pudo caminar normal. Después abrazó a su hermana lleno de emoción.

Julie le comunicó a la gente: La Virgen quiere que reciten el "Veni Creator" y el "Ave maris stella". Terminadas estas oraciones, Julie anunció: Alegraos, la Virgen os ha sonreído. Denme mi ropa, estoy curada.

Algunas mujeres la ayudaron a vestirse y se mostró ante la gente que quería entrar. Eran en total a esa hora como 2.000 personas. Al día siguiente, Julie y Carlos fueron a la iglesia de Blain a la misa y a recibir la comunión como acción de gracias.


CORONA  DE  ESPINAS

El 31 de agosto la Virgen le dijo a Julie: Yo te daré una corona de espinas. El 7 de octubre de 1873, Julie estaba con su hermana Ángela y empezó a quejarse de dolor de cabeza. Su hermana observó que tenía una corona roja alrededor de la cabeza, en la frente. Eran como puntitos de los que salía sangre. Ángela corrió  a avisar al padre David. Él pudo constatar que la corona estaba bien formada. Los presentes estaban sorprendidos, se pusieron de rodillas y rezaron el Magnificat.

Además de las llagas normales, Julie recibió otras como la de la espalda izquierda (por cargar la cruz a cuestas) o las marcas de la flagelación, también recibió algunas inscripciones en el pecho como: O Crux Ave, una flor y un corazón.

Por otra parte, anotemos que su comida se reducía normalmente a dos cucharadas de leche en la mañana y en la tarde. Y se pasó cinco años en ayuno absoluto.


ESPONSALES

La Virgen, en su aparición del 9 de enero de 1874, le aseguró que el 20 de febrero tendrían lugar los esponsales con Jesús. El 8 de febrero, la madre de Julie avisó al padre David que el anillo (de bodas) estaba en la mano de su hija. El padre David aseguró haberlo visto como un círculo rojo alrededor de su dedo, mientras Julie estaba en éxtasis, pero antes de acabar el éxtasis ya no estaba el círculo rojo. Julie explicó que ese no era el anillo y que el verdadero anillo lo recibiría el 20 de febrero.

El 20 de febrero algunos presentes observaron que las llagas estaban secas. Cuando empezó el éxtasis comenzaron las llagas a sangrar y, al poco rato, en el dedo anular se podía observar un círculo rojo. Corría la sangre por debajo y por encima del dedo y, poco a poco, se formó el anillo con claridad ante los presentes. Un testigo declaró que parecía un anillo de coral rojo que se había incrustado en la piel.


INCOMPRENSIONES

El 11 de junio de 1874 Julie quedó sorda a toda voz humana menos a las de sus familiares, de su confesor, de su obispo y de sus delegados. También oía los cantos litúrgicos, los sermones, las campanas y los cantos de los pájaros

El viernes 17 de julio de 1874 el obispo de Nantes, su obispo, llegó a su casa. Habló personalmente con ella y con su familia y asistió al éxtasis de  la crucifixión. El obispo quedó convencido de su veracidad y autenticidad.

Pero no todo fue fácil. Cuando murió Monseñor Fournier, vino otro obispo que no veía con buenos ojos los sucesos de Julie. Algunos sacerdotes lo indispusieron contra ella. Creían que todo era fruto de histerismo, fantasía o cosas del demonio, y que había que exorcizarla.

A los 22 días de la muerte de Monseñor Fournier, el vicario capitular Monseñor L´Espinay le suprimió los sacramentos y durante 11 años se los negaron, tanto algunos sacerdotes como el nuevo obispo Monseñor Lecoq. Era una prohibición con la única excepción del peligro de muerte.

Como no querían confesarla ni darle la comunión, su padre escribió una carta al obispo, en la que le decía: Monseñor, quiero reclamar para mi hija Marie Julie el derecho de todos los cristianos de participar en los sacramentos. Desde hace 10 meses está sin dirección espiritual y sin sacramentos. ¿Qué ha hecho para que la traten así? Dios no la ha rechazado del número de sus hijos. Este abandono va contra todas las virtudes y contra todas las leyes de la Iglesia.

Esta alma ha sido rescatada al precio de la sangre de Nuestro Señor. En nombre de este divino Redentor, yo reclamo caridad para con ella. Usted es el pastor de las almas. Le pido caridad para ella que tanto sufre. ¿Rehúsan confesar a mi hija, porque ella no oye? Esta sordera es obra de Dios, que tiene sus designios sobre ella. ¿Quién se puede meter en sus planes? El sacerdote, por su santo ministerio, confiesa frecuentemente a los sordos. Este rechazo no es legítimo.
Algunos nos persiguen y quisieran que el viernes no recibamos a ninguna de las personas que vienen a rezar con nosotros; algunos de ellos amigos fieles, que nos visitan después de seis años y nos consuelan. Nadie nos puede quitar esa libertad. Es mi derecho tener testigos que aclaren las cosas y puedan responder a las calumnias que se le achacan a mi hija.

Monseñor escuche nuestra plegaria. Dele a mi hija el consuelo debido a los cristianos para que pueda participar de los sacramentos y nuestras almas lo bendecirán. Que su paso sea para quien sufre, luz y consuelo  .

La acusaron a Roma de ser una manipuladora y engañadora. Le enviaron dos representantes del Santo Oficio: al padre Cormier, superior general de los dominicos, y después en 1886 al padre Semenenko, consultor del Santo Oficio. La relación de este último fue plenamente favorable, gracias a Dios.

El Papa León XIII envió al cardenal Rampolla para aclarar el asunto y, si hacía falta, exorcizarla, pero el cardenal manifestó que no era caso de posesión y que no hacía falta nada de eso.

En 1888 el Papa León XIII por motivo del jubileo dio permiso a todos los sacerdotes de poder confesar sin limitaciones, aunque los penitentes no estuvieran en su territorio. Julie pidió al párroco de Savenay, que era uno de los que la apoyaban, que la confesase y así fue, pero el obispo prohibió al párroco de Savenay de seguir confesándola. Además le escribió al padre Vanutelli a Roma sobre esta prohibición. Pero el mismo Papa León XIII le escribió al obispo de Nantes, invitándole a tener más dulzura con ella y administrarle los sacramentos. Entonces el obispo Monseñor Lecoq nombró como confesor de Julie al párroco de San Donato, pero éste llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer Julie era internarse en una comunidad religiosa para que pudiera comulgar todos los días.

Sin embargo, en diciembre de 1888 el obispo Lecoq con motivo de la misión diocesana envió a Julie un misionero. De hecho un confesor vino a partir de entonces desde Nantes regularmente a confesarla y a darle la comunión cada primer jueves de mes. Julie tuvo siempre un gran reconocimiento al Papa León XIII, a quien llamaba su Papa, quien le escribió tres cartas personales al obispo Lecoq para que atendieran a Julie con dulzura y caridad.


LOS  SANTOS

Ella rezaba mucho por los pecadores y pedía la intercesión de la Virgen María, de san José, de san Miguel, de san Martín de Tours, del rey san Luis y de los santos estigmatizados.

Amaba mucho a san José. El padre David nos dice que abrazaba mucho una imagen que tenía de san José. También observó que en un éxtasis el día 19 de marzo de 1874 invocó a san José más de 30 veces.

En el éxtasis del 3 de marzo de 1882 le dijo san José: Si vosotros supierais mi  poder ante Jesús y María... Venid  a mí, yo estoy a la izquierda de Jesús. Yo soy el gran protector de las almas del purgatorio. Con frecuencia yo inspiro la devoción a estas  almas sufrientes  .

Otros santos de su devoción eran santo Tomás de Aquino, san Buenaventura, san Francisco de Sales, san Francisco de Asís, santa Clara de Asís, santa Germana, santa Genoveva, san Néstor, san Marcelino, san Félix y san Pantaleón. Estos cuatro últimos se le presentaron en éxtasis. Recordemos que era terciaria franciscana y amaba mucho a san Francisco como a su padre.

Un día ella le decía a Jesús: Yo quiero morir bajo la mirada de la Virgen María, con la asistencia de san José, cubierta por las alas de los ángeles, la sonrisa de san Francisco y la de todos los santos.






EL  DEMONIO

El demonio la atormentaba mucho. Se le presentaba bajo distintas figuras, incluso de santos, santas o ángeles; y también de bestias feroces o monstruos; y le arrebataba las reliquias u objetos piadosos, persiguiéndola de muchas maneras.

Ella llamaba al demonio Grippi o Quequet. Muchas veces los demonios le hacían arañazos que el padre David curaba con agua bendita. El 2 de septiembre se le apareció bajo la forma de una virgen y después se cambió a una bestia, desgarrando los vestidos de Julie y llevándose objetos de piedad, pero el padre David le obligó en el nombre de Jesús a devolverlos, apareciendo de inmediato. A veces el demonio le metía en la boca puñados de hierba o de trapos empapados de sangre. Una tarde Julie se paseaba por el jardín con su hermana, cuando de golpe fueron atacadas por el demonio y tiradas al suelo. La boca de Julie estaba llena de hierbas y de otros materiales. El padre David le conminó al demonio a quitarlos y lo hizo.

Otro día Julie se quejaba de que el pecho le pesaba mucho. Se le había presentado una hostia y ella dudaba de su autenticidad. Ella no quería tomarla. El demonio, tomando la figura de un ángel de luz, la había colocado sobre su pecho y ella sentía un peso doloroso encima. El padre David acercó la reliquia de la vera cruz y puso la hostia falsa en un vaso. Julie cayó en ese momento en éxtasis y el Señor le manifestó que esa hostia venía del demonio. El padre David la echó al suelo. Julie se levantó y pisó con sus zuecos esa falsa hostia y después la pusieron en un papel y la quemaron.


ESCAPULARIO

En el éxtasis del 16 de julio de 1901 refiere: La Virgen María  llevaba sobre su pecho el escapulario del Carmen. Él es una luz brillante como un sol resplandeciente. Yo veo multitud de almas llevando el escapulario sobre el pecho.

Y la Virgen manifestó: Hijos míos, si vosotros supieseis la protección y las gracias que se reciben de este escapulario... En el momento de la muerte yo presento a Satán esta santa imagen y es suficiente para hacerle soltar la presa. Yo asisto a todos y con frecuencia consigo para los últimos momentos muchas gracias para abreviar el purgatorio. Yo nunca he permitido que quien ha llevado toda su vida el escapulario pueda perecer como presa de Satán  .


HECHOS  MILAGROSOS

A partir del 3 de mayo de 1873 tuvo más de 5.000 éxtasis, a veces uno cada día, pero otros días más de uno, durante su larga vida de 91 años. Lo más emocionante era cuando durante la crucifixión tenía lugar también la comunión milagrosa.

También tuvo el don de la levitación, como afirmó la señora Gregoire: Julie se elevó unos 30 centímetros sobre la cama. Su cuerpo no reposaba en nada  .

Durante los éxtasis, Julie estaba inmóvil y nadie podía moverla. Cuando el confesor o capellán le daba la orden de salir del éxtasis, inmediatamente obedecía, aunque eso le suponía un esfuerzo doloroso.

Es importante anotar que durante sus éxtasis, Julie tenía el don de la hierognosis o conocimiento de las cosas sagradas. Podía distinguir claramente la hostia consagrada de la que no lo estaba y el agua bendita del agua común, y así otras cosas benditas.

En una ocasión hubo cambio de corazones. Jesús le sacó el corazón y puso el suyo en vez del de Julie. Otro día Jesús le prometió a Julie: De una comunión a otra yo me conservaré en tu corazón  . Esto quería decir que su alma sería un sagrario donde permanentemente estaría presente Jesús Eucaristía al igual que en los sagrarios de las iglesias.

El padre David refiere: Yo y su madre nos dimos cuenta el 18 de mayo de 1874 que salía sangre de sus labios. Ella la tomaba, sonreía y abría los ojos diciendo: "Oh mi querido esposo, gracias por saciar mi sed". Un momento después una gruesa gota de sangre roja apareció en su labio inferior. Ella llevaba a su boca la reliquia de la verdadera cruz. Una hora después se reprodujo la misma escena. Ella tenía los brazos en cruz mientras que la sangre aparecía súbitamente. Ella abrazaba la reliquia de la verdadera cruz y esta reliquia estaba llena de sangre. Cuando volvió en sí, declaró que había bebido siete veces la sangre de Jesús, porque él tenía un cáliz en la mano y lo llenaba de la sangre de su Corazón  .

El 27 de mayo de 1880 el padre Léqueux se presentó  y fue testigo de una manifestación sangrienta de las llagas. Julie manifestó: El crucifijo que está al pie de la cama sangra. El padre lo vio. Julie le  pidió al sacerdote que bebiera de esa sangre. Después ella pidió el crucifijo sangrante y lo besó y bebió su sangre. A continuación ella rogó al sacerdote que purificara con un paño sus labios y el crucifijo .

Una tarde ella entiendió a un sacerdote que le hablaba en latín sin haberlo estudiado. Ella había quedado inmóvil de hacer cualquier movimiento excepto el viernes durante la vivencia de la crucifixión. Esta inamovilidad duró dos años hasta principios de 1883. El 23 de septiembre de 1884 ella queda ciega, solo ve una luz. En 1885 recuperó la vista. Durante cinco años, un mes y 22 días había guardado ayuno absoluto, desde el 28 de diciembre de 1875 hasta el 20 de febrero de 1881.

Después de la primera guerra mundial Julie recibía tres o cuatro cartas diarias y durante dos años la señorita Thibaud fue su secretaria. Venía de Blain una o dos veces por semana para contestar las cartas después que se las había leído despacio a Julie. Algunas veces le decía que contestara que se confesara la interesada o le daba algún consejo personal. Tenía don de conocimiento sobrenatural.


COMUNIONES  MILAGROSAS

Fueron prometidas a Marie Julie 14 comuniones milagrosas, a la vez sacramentales y místicas. Además, en el tiempo en que fue privada de la comunión sacramental por el capellán, recibió, muchas veces la comunión de manos de san Miguel y de los ángeles custodios de Julie. Las hostias eran milagrosamente sacadas del sagrario de la parroquia de Blain.

Un viernes, mientras vivía la pasión después de la segunda caída de Jesús camino del Calvario, ella pidió ser consolada con el pan de los ángeles. Hizo la señal de la cruz, recitó el Yo pecador y después: Señor, no soy digno... La señorita Brulais declaró: Nosotros estábamos atentos. Yo estaba a unos 50 centímetros de la cara de Julie y vi sus dos manos juntas sobre el pecho. De pronto ella abrió la boca y sacó la lengua. No había nada. Ella cerró la boca y la abrió de nuevo y mostró la lengua, pero no había nada. De nuevo cerró la boca y de nuevo la abrió. ¡Oh prodigio! Una hostia más brillante que la nieve estaba allí, visible a nuestros ojos. Un grito de admiración salió de nuestros corazones. Ella cerró la boca y dos veces más la abrió y nos mostró la hostia sobre la lengua. No había posibilidad de ilusión o imaginación. Después abrió la boca y ya no había nada. Ella tenía una sonrisa del paraíso y su éxtasis aumentó su bienestar. Era el cielo y eso duró unos 15 minutos  . Los presentes estaban felices y oraban y adoraban a Jesús Eucaristía en unión con Julie  .

El 25 de octubre de 1878 la señora Gregoire escribió al doctor lmbert que Julie había recibido comuniones milagrosas cada domingo por la mañana a las ocho.

  Al recibir las comuniones milagrosas, según escribió el padre Barille, unas lágrimas corrían suavemente por sus mejillas y una sonrisa se veía en sus labios. Era el paraíso.


LA  MISA

Ella en éxtasis hablaba de las maravillas que veía en la misa: Yo admiro el cielo que desciende al santo altar cuando el sacerdote celebra la misa. Sagrado Corazón, cuando  desciendes del cielo al altar, el sacerdote toma proporciones de amor tan elevadas y tan grandes y poderosas que parece una llama de fuego. Si se viera al sacerdote, transformado él mismo en gloria y belleza, no se podría dirigir a él sin temor y sin temblar  .

En un éxtasis tuvo la visión de las misas. Dice: Los sacerdotes subían al altar con más o menos respeto. Yo asistí a todas las celebraciones. Los ángeles se prosternaban, llenos de respeto. Muchísimos ángeles llenaban los altares y derramaban perfumes. Por encima del altar los ángeles estaban en círculo. A la derecha e izquierda del sacerdote estaban los serafines que le servían. Cuando fue el momento del Credo, los ángeles cantaron y ofrecieron al Señor la fe de los pueblos. Fue un triunfo de la gloria de Dios. Nuestro Señor estaba presente en todas partes a la vez, repartiendo bendiciones. Al momento de la elevación, todos los sacerdotes resplandecían. A la elevación de la hostia, vi al Niño Jesús con una belleza extraordinaria. Él tenía sus manitas extendidas sobre su Corazón, que estaba abierto y alrededor de él había una gran llama blanca. Todo el cielo cantaba el Hosanna. Una multitud de ángeles rodeaba al Niño Jesús. Al padrenuestro, el Niño Jesús tenía los brazos extendidos y repartía inmensas gracias.

Al momento de la comunión del sacerdote, todo el cielo lanzó llamas de fuego sobre el pecho del sacerdote. El quedó como un verdadero cielo. Al momento del Cordero de Dios, nuestro Señor parecía un torrente de llamas. Al momento de la comunión de los fieles, nuestro Señor se revistió de un amor tan ardiente que parecía que iba a morir de amor. Grupos de ángeles rodeaban el altar y, cuando el sacerdote abrió el sagrario, ellos derramaron perfumes y cantaban cánticos sublimes.

Cuando el sacerdote sacó el copón y levantó la hostia, sus manos estaban rodeadas de llamas. Sus palabras eran recogidas por los serafines y la hostia santa se transformó en el Niño Jesús. Los ángeles llevaban banderas y, mientras se distribuía la comunión, los ángeles lloraban de emoción. Yo he visto sonreír al Niño Jesús al entrar en los corazones, pero esa sonrisa no era igual en todos. En los corazones dignos era como un sol lleno de luz brillante. Al regresar el sacerdote al altar después de dar la comunión, todos los ángeles daban gracias por las almas que habían recibido a Jesús. En el momento de la bendición final, nuestro Señor estaba con el sacerdote. ¡Qué maravilla! Y yo volví en mí llena de todos los tesoros de amor que había contemplado  .
En un éxtasis Jesús le concedió la gracia de asistir a todas las misas que se celebraban en la tierra  .


EL  NIÑO  JESÚS
Jesús fue siempre para ella el esposo de su vida, el encanto de sus ojos, el amor de sus amores. Jesús Eucaristía, Jesús crucificado y sobre todo el Niño Jesús se le aparecían con frecuencia.

En el éxtasis del 7 de enero de 1877 manifestó Julie: Nuestra Señora se presentó llevando al Niño Jesús en brazos. El Niño tenía en sus manos una flor de lis y sobre su corazón una cruz... Yo le dije a María: "Madre, ¿me puedes dar al pequeño Jesús para tenerlo conmigo?". Me respondió que sí. Yo le pedí su manto, que era más puro que el mío, y después le dije al Niño Jesús: "Ven, Jesús, ven a mis brazos". Y María me lo dio. Yo lo llevé sobre mi lado izquierdo y el Niño sonreía. Él me dijo: "Mi víctima, ¿para quién es tu corazón?". "Para ti, querido Jesús", le respondí. Y Jesús me contestó: Tú corazón y el mío están unidos e inseparables  . 

Ángela, la hermana de Julie contó en la Navidad de 1880: Ella estuvo dos horas de rodillas con un cirio encendido en la mano. Ella estaba en éxtasis y hablaba en voz alta. Veía a su alrededor grupos de vírgenes y santas con sus cabellos largos sobre las espaldas. De pronto le sacaron su toca y quedó ella también con sus cabellos flotando sobre las espaldas. Al mismo tiempo apareció sobre su frente una gota de líquido brillante y perfumado. Ángela la secó con un paño. Ella decía que tenía al Niño Jesús en sus brazos y hacía gestos como si llevara un niño en brazos  .

En la Navidad de 1879 también Julie recibió en sus brazos al Niño Jesús y declaró: Yo sentí en el alma un gran calor de amor, que me embargaba totalmente. Yo sentía que mi alma se iba en medio de una multitud de ángeles, que iban al pesebre. Cuando estuve junto al pesebre del Niño, sentí ese calor que me embargaba. El Niño me puso un manto blanco sobre mis espaldas y me dijo: "Quiero reposar en tu corazón y en tus brazos". Yo creía que no era digna, pero él insistió: "Yo quiero que tú me lleves". Yo me puse a llorar de emoción, su manita secaba mis lágrimas y yo lo recibí en mis brazos. Su cabecita inclinada sobre mi corazón. Mientras lo tenía así, él pasaba sus manos sobre mis mejillas y me besó en medio de la frente  .
En el éxtasis del 29 de julio de 1881 nos dice: Algunas veces el Niño Jesús viene a verme y me dice: "Vengo a estar contigo cerca de tu corazón". Él es más pequeño que mi ángel custodio. El habla primero y yo después. Él me dice: "Dime tus penas y las de tus amigos". Él sabe que yo no puedo ir a visitarlo y por eso el viene a mí  . 

En el éxtasis del 13 de enero de 1921 Julie afirma: Cada mañana el Niño Jesús viene a verme y me dice: "Vengo a estar cerca de tu corazón"  .











EL  ÁNGEL  DE  LA  GUARDA

Julie veía en éxtasis a los ángeles custodios que presentaban a Jesús las almas de los que guardaban. Refiere Marie Julie: Yo tengo dos ángeles custodios, uno me cuida y nunca me deja. Es mi pequeño ángel. Él es rubio y de cabellos rizados. Tiene una pequeña corona de rosas blancas. Lleva un vestido blanco y corto con un cinturón azul sobre el que están escritos los nombres de Jesús y María. En su cuello lleva una cruz de oro suspendida por un cordón, donde hay perlas preciosas representando los corazones de los amigos de la Cruz. En esa cruz están escritos los nombres de todos mis amigos fieles. Yo le hago abrir esa cruz de vez en cuando y me hace leer los nombres de mis amigos. Tiene alas y son tan puras que yo le pido que me lleve bajo sus alas hasta Jesús. Tiene un reloj para contar los minutos que me deja mi otro gran ángel, que a veces se ausenta.

A veces me abraza sobre la frente y me habla del cielo, del amor de Jesús y de las visitas de María y de san José a la muerte de mis fieles amigos. Mi ángel tiene los pies desnudos. Algunas veces le proponía tomar su pie, lo tiene caliente y con él podía calentar mi mano helada. Cuando hace frío, él me trae un manto, sobre todo en tiempo de Carnaval, cuando Jesús es más ofendido. Comprendí que en el cielo nunca hace frío y viven en una atmósfera de calor y amor.

También tengo otro ángel grande. El lleva una gran cesta al cuello, atada con una cuerda de oro y él va consiguiendo gracias. Después va a los Corazones de Jesús, María y José con la cesta de flores, que son gracias. Su ropa es blanca y larga. Tiene una corona de rosas blancas. Su cinturón es todo blanco, pero sin los nombres de Jesús y de María. Él también tiene los pies desnudos. Tiene un cinturón de oro sobre su corazón. El extiende sus grandes alas y se va con su cesta y su provisión de gracias en algunos momentos a repartirlas. Al regreso me dice que ha estado por todas partes y me dice las gracias y oraciones que él ha repartido.

A mi gran ángel trato de Usted, porque parece más grande y más viejo que mi ángel custodio, a quien trato de tú, porque parece tener unos doce años. A mi gran ángel no le reprendo, pero cuando regresa de algún viaje le preguntó dónde ha estado. Y me responde: "He estado al lado de un padre que iba a escribir una carta. He ido donde tal o cual amigo que rezaba por ti o he visitado a una persona que estaba triste y la he consolado".

Cada día el Niño Jesús viene a estar junto a mi corazón. El Niño Jesús es más pequeño qué mi ángel custodio. Un día Jesús me dijo que si quería un tercer ángel, me lo podía dar, pero le dije que tenía suficiente con dos. Me aclaró: "Sería para darte más frecuentemente la comunión que tanto deseas. Te la dará dos veces por semana y yo te la daré los domingos y los días de fiesta".

Cuando hago la comunión espiritual, mi pequeño ángel siempre está de rodillas con las dos manos juntas delante de la boca y hace la señal de la cruz. Cuando yo hago oración, él se recoge y pide gracias y bendiciones para mí.

Un día, en el éxtasis del 14 de mayo de 1912, la Virgen María le dijo: Yo recibo siempre tus avemarías por medio de tus buenos ángeles, mis ayudantes celestes, que asisten a todas las fiestas del cielo.

Cuando Julie rezaba el rosario oía Que los ángeles le respondían y también les oía cantar  .
En el éxtasis del 22 de mayo de 1917, Jesús le dijo: Cuando falten las almas víctimas en la tierra, yo enviaré a los ángeles para reemplazarlas y traer el pan divino de la Eucaristía. (En la gran tribulación), cuando el pan material sea escaso, el pan divino se multiplicará y hará prodigios en  los elegidos.

En el éxtasis del 11 de enero de 1923, la Virgen le dice: No estáis solos. Jesús está con vosotros en los sagrarios. Están los ángeles, que alumbran las lámparas de la fe, esperanza y caridad.

En el éxtasis del 16 de octubre de 1923, sigue diciendo María: Hijos míos, si vieseis a los ángeles custodios traerme las avemarías del rosario… Todo el cielo queda asombrado. Las avemarías son perlas blancas y los padrenuestros, diamantes. Yo voy al purgatorio y llevo esas gracias a las almas abandonadas.

En el éxtasis del 20 de enero de 1927 dicen los ángeles custodios: Somos vuestros guías y protectores. Nos inclinamos sobre vosotros, almas fieles, y vemos llorar a nuestro lado a una multitud de ángeles custodios cuyas almas los han abandonado y no rezan jamás. Los ángeles que lloran dicen a los privilegiados: "Qué felices sois. Nosotros estamos abandonados y nunca se piensa en nosotros y se nos insulta con el Creador. ¡Qué felices sois de ser invocados!".

En el éxtasis del 27 de mayo de 1930, dice la Virgen María: Hijos míos; los ángeles custodios tienen sus función principal en adorar y dar gracias.

Jesús dijo: No olvidéis darles gracias a los ángeles. Ellos vienen  a buscar para vosotros gracias y bendiciones de vuestros bienhechores, amigos, santos patronos, etc. Los santos ángeles me dan gracias por las gracias recibidas.

En el éxtasis del 8 de febrero de 1934, nos dice Julie: Yo me he quedado maravillada, viendo entrar al cielo un alma fervorosa. He visto a su ángel guardián que la llevaba por un rayo de luz al cielo. He visto la acogida que le daban sus padres y familiares y amigos.

En el éxtasis del 20 de julio de 1922, se refiere: Los ángeles del cielo dicen: "Nosotros nunca hemos gustado de las alegrías inefables de la Eucaristía. Felices vosotros"… Los santos ángeles me encargan deciros que cada vez que vosotros recibís al Esposo divino, ellos están prosternados de rodillas delante de vuestras almas. Ellos lo adoran, lo alaban y le rezan. ¡Qué bello es ver a los ángeles en adoración al momento en que recibís a Jesús!

En el éxtasis del 8 de enero de 1935, dice la Virgen María: No os olvidéis de ese ángel que os dirige y os protege. Él está cerca de vosotros cada día y él está junto a vosotros por la noche. Él cuenta vuestros suspiros. Él está cerca y os cuida. Él os cubre con sus alas de oro y os protege. No lo olvidéis  .

Un día, durante un éxtasis, la Virgen dijo: Os recomiendo orar mucho a los santos arcángeles y a los ángeles custodios para que os protejan de los demonios. Vosotros no os  podéis imaginar el gran número de almas perdidas  . Ella los veía cantar con ella el Te Deum y asistir a la Virgen María.


EL  PURGATORIO 

En el éxtasis de julio de 1901, dice la Virgen María: El purgatorio es un día sin noche, sin reposo para el alma que se purifica... El alma tiene allí una paciencia admirable. Sabe que hace falta que se cumpla ese tiempo de purificación. Ella adora la voluntad de Dios que la hace sufrir para merecer la recompensa eterna. El tiempo parece largo a causa del deseo de ver a Jesús, pero cuanto más avanza hacia el cielo, ese deseo aumenta y está más purificada…

Con frecuencia la corona de las avemarías de un rosario puede hacer volar un alma al cielo. Una sola comunión y el alma blanca puede volar al cielo. A veces hace falta menos, basta la invocación de un padrenuestro o un avemaría en honor del santo escapulario. Esta riqueza es inmensa. Son gracias tan abundantes que no se pueden enumerar.

¡Qué poder tiene la celebración de la misa! Solo en el cielo entenderéis la inmensa eficacia de este prodigio de poder y de bondad para vuestra liberación...

En el éxtasis del 14 de noviembre de 1905, dice María: Las almas del purgatorio están confirmadas en gracia. En ese lugar ellas se reconocen y se consuelan entre ellas. Ellas ven la ingratitud de aquellos que las olvidan, aunque las hayan dejado en medio de lágrimas y  les hayan prometido no olvidarlas...

Es necesario que el sacerdote que celebra la misa por las almas del purgatorio piense en el alma por la que celebra la misa. Su pensamiento tendrá doble fruto al celebrarla con más voluntad e intención. A veces se celebra la misa sin un pensamiento por el alma por la que se aplica. Durante el mes de noviembre, consagrado a las almas del purgatorio, van innumerables almas al cielo. Alegraos. En el cielo lo primero que hacen, después de agradecer a Jesús, a María y san José, es pedir gracias para asistir a sus familiares de la tierra.

La Virgen dice: Queridos hijos, hay una multitud de almas abandonadas en el purgatorio y hay  quienes solo necesitan una comunión o un viacrucis para ir al cielo. Esos serían vuestros amigos si los ayudan a entrar al cielo y vendrían a traeros gracias abundantes de Dios. La gracia de una misa y comunión es una gracia que sobrepasa a todas las otras gracias  . 

Cuando rezaba el rosario oía con frecuencia que las almas del purgatorio le respondían Santa María.














PAPAS  Y  PROFECÍAS

En sus conversaciones Julie insistía mucho: Conservad el vínculo de la fe. Lo dice más de 200 veces. Con ello quería decir que se debe escuchar y seguir siempre al Papa, que es el Vicario de Cristo, porque es Jesús mismo en la tierra.

El Papa León XIII murió en 1903 y Julie afirmó: El cardenal Adriano es el elegido de Dios. El será santo y santificará. El pondrá todo en orden. El no durará mucho tiempo y llevará el nombre de Pío.  Fue Pío X y ella lo amó mucho también.

El 25 de julio de 1911 profetizó: El Papa Pío  X  verá  el comienzo de los males, pero no mucho tiempo. El será mártir y víctima. Ciertamente él vio el comienzo de la primera guerra mundial en 1914.

El 12 de octubre de 1915 vio al Papa Benedicto XV llorando por los terribles males que la guerra había desatado. El 15 de mayo de 1924 vio al Papa Pío XI y pidió por él a la Virgen María.

En 1937 el Papa Pío XI envió a la Fraudais a ver a Julie al cardenal Pacelli, futuro Papa Pío XII, quien habló durante tres horas con Julie.

Cuando sucedió el fenómeno de la aurora boreal el 24 de enero de 1938, que ya la Virgen había anunciado en Fátima que sería la señal de una guerra peor que la primera, Julie también la anunció. El 24 de agosto, unos siete días antes del comienzo de la segunda guerra mundial, le avisó a Monseñor de la Franquerie que debía llevar todos los documentos sobre su caso a un lugar seguro. El 25 de agosto algunos hablaban de guerra y rezaban para que no comenzara, pero Julie les dijo: La guerra ya ha comenzado. Se pudo saber después que la orden de invadir Polonia había sido dada por Hitler para ese día. Su publicación se retardó ocho días por motivo de las negociaciones germano-soviéticas, pero los comandos alemanes, que no habían recibido contraorden, ya estaban combatiendo en la frontera con Polonia.

Uno de los días un periodista le notificó que Teresa Neumann había muerto, pero ella lo corrigió y le dijo que la Virgen le había manifestado que vivía. Teresa vivió aún muchos años después de la guerra.

El 23 de noviembre de 1939 declaro: La guerra será larga y terminará mal. En un éxtasis manifestó: Yo le ofrecí a Jesús mi vida por la Iglesia, por el Papa y por los pecadores. Ella se propuso cumplir un programa de tres puntos: orar, obedecer y sufrir. Decía: Yo he vivido con mi crucifijo y quiero morir con mi crucifijo. El sufrir pasa, pero el haber sufrido queda. Yo tengo en todo momento el corazón de mi Dios y el Dios de mi corazón. Solía repetir: En el gran libro divino hay dos palabras importantes: Amor y sufrimientos, sufrimientos y amor. También decía: Quiero sufrir y no morir.

De hecho se fundó la Obra de la Cruz por un grupo de Amigos de la Cruz para defender a Julie y propagar sus acciones en el llamado Santuario de la Cruz, que era la propia casa de Julie.


SU  MUERTE

En plena guerra mundial, el 16 de junio de 1940, Julie fue llevada en coche lejos de Blain por unos amigos. Algunos no querían que se fuera, porque su presencia les era de garantía de que no pasaría nada. Al día siguiente de su partida los aviones alemanes bombardearon Blain. Después de recorrer 500 kilómetros y estar en diferentes lugares sin quejarse con sus 90 años, sufriendo con paciencia los inconvenientes del viaje, regresó a su casa feliz. Los viajeros rezaron con ella el Magnificat por la protección que habían tenido durante el viaje sin problema alguno.

El 14 de febrero de 1941 recibió de Dios la noticia de su próxima muerte y envió aviso a la señora Imbert y a la señora Trioullier que vinieran sin tardar a verla. Ese día, después de la comunión, estaba particularmente feliz e hizo escribir a la señora Imbert por segunda vez que viniera sin tardar. Cayó enferma el 26 de febrero, miércoles de ceniza. El médico creía que era solo una gripe. El 3 de marzo se agravó mucho. A las seis de la tarde el padre Morice le administró la unción de los enfermos y ya estaba en coma. Al día siguiente, 4 de marzo de 1941 a las 10:25 a.m. expiró.

La vistieron con el hábito de terciaria de san Francisco y vieron que tenía el pie izquierdo sobre el pie derecho como estaba Cristo en la cruz. Algunos periódicos hablaron de su muerte. Su cadáver conservó durante 75 horas el calor. Una gran multitud vino a sus funerales a pesar de la tempestad que había y los inconvenientes de la guerra. La colocaron en una tumba provisional en el cementerio y el 17 de marzo de ese año, 1941, tuvo lugar el entierro definitivo.

Hay dos cuadernos llenos de relatos de  gracias obtenidas por intercesión de Julie, después de su muerte. Dos ejemplos. Un sacerdote declaró que había visto a Julie aparecer algunos días  después de su muerte tal como era en la tierra. Ella le dijo que había sido recibida en el cielo y le manifestó que era muy feliz  . 

A un padre de familia enfermo le administraron la unción de los enfermos. Su esposa le colocó una pequeña reliquia de seda de la ropa de Julie y el enfermo se curó  .

CONCLUSIÓN

Después de haber leído atentamente la vida de Marie Julie, podemos darnos cuenta de lo importante que es vivir para la eternidad y no dejarnos atrapar por las cosas ordinarias de cada día. Muchos de nuestros contemporáneos solo piensan en gozar de la vida, disfrutar de los placeres, fiestas y comodidades y piensan poco o nada en la eternidad. Por eso es preciso que tomen su vida más en serio y vivan para la eternidad y no para los cuatro días de este mundo.

La vida es muy breve y hay que aprovecharla al máximo. Hay que vivir con la mente despierta, con el alma en gracia dirigidos hacia el cielo, que es nuestra patria definitiva a la que debemos aspirar.

Vivamos para Dios, vivamos lo más cerca de Dios que nos sea posible, evitando a toda costa hasta los más pequeños pecados veniales y alegrémonos de saber que nuestra fe católica es el mejor camino para llegar a Dios y que ella nos ofrece los mejores medios de santificación.

Amemos a Dios con todo el corazón, amemos a María como a una madre querida y no nos olvidemos que tenemos un ángel custodio que siempre está a nuestro lado para ayudarnos y protegernos de todo mal.

Que Dios te bendiga por medio de María. Que seas santo. Este es mi mejor deseo para ti. Saludos de parte de mi ángel para ti y para tu ángel


Tu hermano y amigo para siempre.
P. Ángel Peña O.A.R.
Agustino recoleto



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Pueden leer todos los libros del autor en

BIBLIOGRAFÍA

Bourcier Henri Pierre, Henri de la Croix, sauveur de la France par Marie Julie Jahenny, Ed. Bourcier, 1979.
Bourcier Pierre, Marie Julie Jahenny, message de la Fraudais, Ed. Jules Hovine, 1984.
Bourcier Henri-Pierre, Marie Julie Jahenny, une vie mystique, Ed. Tequi, 1990.
Bourcier Henri Pierre, Prières litaniques de Marie Julie Jahenny, Ed. Resiac, 1988.
Bourcier Henri Pierre, Trois mille visites de N. Dame de la Fraudais a Marie Julie Jahenny, Ed. Hovine, 1993.
Marquis de la Franquerie, Marie Julie Jahenny, La stigmatisée bretone, Ed. Amis de Marie Julie et de la Fraudais, 1977.
Ragot Pierre, La stigmatisée de Blain, Marie Julie Jahenny, extases, stigmes, assaults diaboliques, 1940.
Ragot Pierre, L´epouse mystique du Redempteur, Marie Julie Jahenny, Ed. Resiac, 1983.
Roberdel Pierre, Cris du ciel, Ed. Resiac, 1991.
Roberdel Pierre, Le ciel en Colloque, Ed. Resiac, 1982.
Roberdel Pierre, Les prophetes de la Fraudais, Ed.Resiac, 1981.
Roberdel Pierre, Marie Julie Jahenny, la stigmatisée de Blain, Ed. Resiac, 1974.
Roberdel Pierre, Vers l´avenir avec Marie Julie Jahenny, la stigmatisée de la Fraudais, Ed. Mambré, 1992.



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BEATA VERÓNICA DE BINASCO, MÍSTICA AGUSTINA

La vida de la beata Verónica de Binasco es una vida llena de sucesos sobrenaturales. Con frecuencia se le presentaba su ángel custodio. Durante mucho tiempo le trajo cada día un pan celestial para alimentarse sin necesidad de alimentos materiales, le dio la comunión y la llevaba en éxtasis a visitar muchos lugares donde vivió Jesucristo e incluso la llevaba al cielo para asistir a las fiestas que allí se celebraban en las fiestas de los santos de cada día.  


P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.



















BEATA  VERÓNICA  DE  BINASCO, MÍSTICA  AGUSTINA



















S. MILLÁN – 2018


BEATA  VERÓNICA  DE  BINASCO,  MÍSTICA  AGUSTINA



















Imprimatur
Mons. José Carmelo Martínez
Obispo de Cajamarca (Perú)














S. MILLÁN – 2018




ÍNDICE GENERAL


INTRODUCCIÓN
Su infancia.
Monasterio de Santa Marta.
Vida conventual.
El demonio.
El purgatorio.
Sor Jacinta.
Jesús Eucaristía.
Jesús y el ángel le dan la comunión.
Rezando con Jesús y con el ángel.
Regalos de Jesús.
Visiones celestiales.
Visiones de santos.
Pan celestial.
Dones sobrenaturales a) Profecía.
b) Bilocación. c) Conocimiento sobrenatural.
d) Don de lágrimas. e) Éxtasis y levitación.
Visita al Papa.
Su muerte.
Beatificación y culto.

CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA

















INTRODUCCIÓN

La vida de la beata Verónica de Binasco es una vida llena de sucesos sobrenaturales. Con frecuencia se le presentaba su ángel custodio. Durante mucho tiempo le trajo cada día un pan celestial para alimentarse sin necesidad de alimentos materiales, le dio la comunión y la llevaba en éxtasis a visitar muchos lugares donde vivió Jesucristo e incluso la llevaba al cielo para asistir a las fiestas que allí se celebraban en las fiestas de los santos de cada día.

Ella por su parte ofrecía a Jesús todos sus sufrimientos por la salvación de los pecadores y la liberación de las almas del purgatorio; y Jesús se le aparecía muchas veces. En una ocasión le dio personalmente la comunión, otras veces le hacía sentir momentos de cielo al abrazarla o besarla con cariño de esposo.

Ella fue un ejemplo para todas sus hermanas de comunidad y Dios le concedió algunos carismas especiales como el don de profecía, de bilocación, de levitación y éxtasis, conocimiento sobrenatural y, sobre todo, el don del amor. Su cuerpo estaba tan caliente que ella decía que parecía que estaba a la boca de un horno y que de su boca salían llamaradas de calor. Era el amor de Dios que la quemaba por dentro.

Todos los datos de su vida, que anotaremos a continuación, están tomados del libro escrito por el padre Isidoro de Isolani, que fue director espiritual del monasterio de santa Marta en que ella vivió. El padre Isolani tomó las notas dejadas por el padre Aciati, que fue el director espiritual de sor Verónica, y de las notas dejadas también por sor Bernadetta de Vimercate, que escribió la primera biografía de la beata; además del testimonio personal de las religiosas que la habían conocido.

El padre Isolani publicó la vida de la beata a los 20 años de su muerte en 1517. Su escrito fue revisado por la Madre Tadea Bonali, que había sido testigo ocular de los hechos y que durante varios años fue la Superiora del monasterio en el que vivía sor Verónica. Esto quiere decir que los datos que escribimos sobre la vida de esta santa agustina son totalmente confiables por haber sido basados en sor Benedetta y en la revisión de la Madre Bonali, que fueron testigos directos de los hechos, ya que vivieron con la santa.


Nota.- El texto del libro de Isidoro de Isolani lo hemos tomado de la Vita mirabile della beata Verónica da Binasco, Monza, 1890; publicada en 1517. 



SU   INFANCIA

Verónica nació en 1445 en Binasco, un lugar de Lombardía, en Italia, entre Pavía y Milán. Su padre se llamaba Zannino Negroni y su madre Giacomina. A nuestra santa le pusieron Giovanna por nombre en el bautismo.

Sus padres eran pobres de bienes materiales, pero ricos de bienes celestiales, pues eran muy virtuosos. Por poner un ejemplo. Su padre fue al mercado a vender un asno que tenía un defecto y se lo hizo saber al comprador, porque no quería engañarlo.

Desde que Giovanna pudo ir a la iglesia, trataba de ir lo más frecuentemente posible de acuerdo a sus años, porque sentía una atracción muy fuerte hacia Jesús sacramentado. Cuando ya era grandecita, sus padres la enviaron a trabajar en los campos de un vecino para ganarse así la vida. Cuando tenía tiempo libre, se dedicaba a la oración, hablando con Jesús, como con un amigo cercano y querido. Así fue surgiendo en ella muy pronto el deseo de ser religiosa y de consagrar a Jesús su virginidad.

Cuando tuvo el permiso de sus padres, se fue a Milán y pidió ingresar en el monasterio de Santa Úrsula, pero fue rechazada. Entonces se dirigió al monasterio agustiniano de Santa Marta de la misma ciudad. Allí le dijeron que lo pensara bien y le dieron un tiempo para probar, si tenía realmente vocación, y le pidieron que aprendiera a leer. Después de un tiempo regresó y fue aceptada como hermana conversa, no como corista, ya que para ello necesitaba saber leer y ella no había aprendido.


MONASTERIO  DE  SANTA  MARTA

El monasterio de Santa Marta, en el que vivía Verónica, había sido fundado por Simona de Casale, que en 1345 había reunido a algunas amigas en su casa para dedicarse a la oración y penitencia sin profesar Regla alguna. Así vivieron hasta 1405, en que quisieron dar estabilidad jurídica a su monasterio y aceptaron vivir bajo a Regla de San Agustín y se sometieron a la autoridad de una devota matrona llamada Margarita Lambertenghi, que fue la primera que profesó y puso al monasterio bajo la protección de la Virgen María.

Sor Margarita Lambertenghi hizo construir, junto a la casa donde vivía, una capilla para oír misa, recibir los sacramentos y poder ser enterradas a la hora de su muerte. Pronto empezaron a acudir jóvenes deseosas de seguir su vida y las instalaciones de la casa quedaron pequeñas. Por eso la Superiora que siguió a Margarita, sor Michelina, consiguió otra casa más grande, contigua al antiguo monasterio y construyeron un pasaje para comunicarse mutuamente. Al nuevo monasterio, por estar junto a la iglesia de Santa Marta, lo llamaron monasterio de Santa Marta.

Después de  sor Margarita Lambertenghi, fue  Superiora de Santa Marta sor Michelina y después sor Tadea, que fue la confidente de sor Verónica, nuestra santa, de la que sor Tadea fue su maestra, amiga y consoladora y a quien la santa le confiaba todas sus cosas y experiencias espirituales.

Con el tiempo fueron surgiendo otros monasterios según las normas de vida del monasterio de Santa Marta. El primero fue el de Rímini, después otros en Pavía, Tortona, Como y Sesto.


VIDA  CONVENTUAL

Su entrada en el monasterio fue a sus 21 años en 1466. El día de la vestición del hábito le cambiaron el nombre de Giovanna por el de Verónica y fue encomendada a sor Marta, que era la maestra de las hermanas conversas, no coristas. Verónica se afanaba mucho en la meditación de la pasión de Jesús y destacaba por su humildad y obediencia a los Superiora y a la Maestra.

Durante cuatro años seguidos tuvo fuertes dolores de estómago. Por la noche debía salir del dormitorio común para no inquietar a las otras con sus suspiros y gemidos por sus fuertes dolores. Sin embargo, a pesar de que a veces no dormía nada, por la mañana iba a la capilla como si hubiera dormido bien y, aunque la Superiora la dispensaba de ir temprano a rezar, ella no quería excepciones. Seguía a la comunidad en todos los actos comunes y con permiso del confesor incluso ayunaba en días no impuestos por la Regla, pero lo hacía evitando que las demás se dieran cuenta para evitar excepciones.

Con frecuencia Jesús la alegraba con éxtasis, que le hacían vivir momentos de cielo. En ocasiones sucedían delante de sus hermanas, a pesar suyo, que no quería llamar la atención.

Algo digno de mención es que su ángel custodio se le presentaba con mucha frecuencia, especialmente cuando tenía éxtasis para guiarla y muchas veces explicarle los misterios de Dios.

Cuando su maestra sor Marta cayó enferma, Verónica la cuidó día y noche hasta que murió. Entonces tuvo revelación de que estaba en el purgatorio y hasta se le apareció la misma sor Marta para manifestarle todo lo que sufría. Ella se puso a llorar y no cesó de orar y hacer penitencias por su liberación hasta que en una revelación Dios le hizo conocer que ya no necesitaba sufragios, porque estaba ya en el cielo.

Todos sus éxtasis y experiencias sobrenaturales se los contaba a su confesor, el padre Alciati, quien dudaba de que fueran auténticos o un engaño diabólico. Por eso, no solía darle permiso para penitencias, y más bien ponía a prueba su obediencia y paciencia con algunos mandatos costosos.

Con frecuencia Verónica sentía un calor corporal extraordinario como si estuviera en la boca de un horno y como si las llamas le salieran de su propia boca. En la noche quería levantarse para refrescarse un poco, pero le pidió permiso al confesor y se lo negó, ordenándole que no se levantara hasta el toque de Prima. Como era cocinera, llegaba más tarde que sus compañeras a la cocina y tenía que pedir disculpas, porque primero debía obedecer al confesor.

Un día se le apareció la Virgen María en su celda y le dijo que le enseñaría tres letras: una blanca, otra negra y otra roja. Al principio ella no creía que fuera la Virgen, pues se creía totalmente indigna de ser visitada por la Madre de Dios, pero la Virgen le aseguró que era ella misma. María le indicó que la letra blanca significaba la pureza del corazón, que debía conservar con diligencia y evitar todo pensamiento y deseo desordenado. La letra negra significaba que debía evitar escandalizarse de las acciones de los demás y que debía excusarlos en la medida de lo posible y no debía murmurar.

La letra roja significaba que debía meditar continuamente en la pasión y muerte de Jesús. Por eso, acostumbró a llevar siempre un cilicio sobre sus carnes debajo de la camisa. María le manifestó: Con estas tres letras te basta para salvarte.

Como hermana conversa, Verónica tenía por oficio pedir limosna para el convento en la ciudad de Milán o en otros pueblos cercanos. También cuidaba las gallinas, hacía la comida para la comunidad y, sobre todo, cuidaba a las enfermas. Todas las tareas más humildes del monasterio las hacía ella con las otras hermanas conversas, mientras las hermanas coristas se dedicaban especialmente a rezar el Oficio divino y a otras tareas más importantes, porque Verónica no sabía ni leer ni escribir.

Un día estaba el sacerdote celebrando la misa y Verónica se distrajo mirando a una hermana. Acabada la misa se le apareció el ángel y la reprendió severamente por esa falta. Ella estuvo llorando tres días y tres noches por ese pecado.
En un tiempo estuvo pensando seriamente en irse de ermitaña al desierto y hasta le pidió permiso al confesor. Pero uno de los días el ángel se le presentó y le dijo: No es la voluntad de Dios que vayas al desierto, porque si vas, será para tu condenación. Con esto dejó su idea y continuó en el monasterio, tratando de santificarse en la vida de cada día con sus hermanas.

Una hermana, llamada Liberata, estaba enferma y Verónica le pidió permiso a la Superiora para pedirle a Liberata que, si moría, pudiera aparecérsele, si era la voluntad de Dios, para decirle cuáles eran las cosas en las que ofendía al Señor y, además pedir que ella fuera la próxima en morir en el convento después de Liberata. Murió Liberata y al mes oyó Verónica en su celda por tres veces que la llamaban. Era Liberata. Le dijo: Debes saber que has ofendido al Señor en tales y tales cosas, pero te has confesado y te ha perdonado. Tú debes vivir todavía y padecer muchas tribulaciones. Di a la Madre Superiora que amoneste a las hermanas para que no caigan en el pecado de la murmuración.

Un día Jesús se le apareció y le dijo que su obediencia al confesor le era muy agradable. Por otra parte ella quería hacer penitencia y no quería llevar el manto que llevaban las demás religiosas por el frío, pero el confesor le ordenó que lo llevara tanto en verano como en invierno y también que lo tuviera puesto en el comedor, cuando las otras se lo quitaban. Y ella obedecía por amor a Jesús.

Cuando tenía que salir del monasterio para pedir limosna, pues vivían de las limosnas recibidas, solía llevar una túnica sencilla, muy gastada. Nunca llevó vestidos nuevos, siempre usaba ropa vieja que las coristas habían descartado, pero siempre iba limpia. Cuando le regalaban algo para sí, todo lo entregaba a la Superiora para uso y servicio de toda la comunidad.

En cuanto a la comida, evitaba delicadezas y prefería tomar los alimentos sin condimentos. Un día Jesús le dijo que quería de ella más penitencia. A partir de ese día renunció a tomar vino en las comidas como se acostumbraba.












EL  DEMONIO

En un éxtasis Jesús le dijo: He dado permiso al demonio sobre tu cuerpo, pero no temas, porque yo estaré siempre contigo en todo momento. El demonio trató de asustarla muchas veces con visiones horribles y ruidos tremendos. Se le aparecía bajo la figura de fieras o animales de toda clase. Durante toda la vida tuvo que soportar asaltos del demonio que incluso, con permiso de Dios, la golpeaba físicamente.

Una noche se le presentó bajo la figura de un toro que quería herirla con sus cuernos. Un día estaba en Binasco, en su propia casa, y subió por una escalera de mano al desván. El demonio le rompió  la escalera y no podía bajar. Tuvo que llamar a las personas de la casa para que la ayudaran a bajar. Regresando una vez de la recogida de limosnas, llevaba una cesta de huevos y, al pasar un puente, fue arrojada al río por el demonio, pero los huevos no se rompieron y pudo llevar todo en buen estado al convento.

A veces el diablo la molestaba cuando estaba en oración. No faltaron momentos en los que la golpeaba y le dejaba los ojos morados o cardenales por todo el cuerpo. Y cosa curiosa, normalmente Jesús se le aparecía después de las palizas del demonio y, estando en éxtasis se curaba de sus heridas.

Un día el maligno la golpeó con dos piedras; una hermana tomó las dos piedras y las metió en una caja, pero el demonio las volvió a coger para golpearla de nuevo. Entonces el confesor las bendijo con agua bendita y nunca más el demonio las pudo tocar. Estas dos piedras se conservaron en el convento para perpetua memoria de los golpes del demonio.

Otro día su ángel  custodio le dijo: Prepárate para sufrir, porque el demonio te va a hacer sufrir esta semana. El miércoles, mientras oía la misa, el ángel de nuevo le manifestó: Mañana será el día de los golpes del enemigo. Ciertamente, el demonio la golpeó hasta dejarla medio muerta, inmóvil en el suelo. Con mucho esfuerzo pudo echarse en la cama. Al día siguiente algunas hermanas fueron a visitarla a su celda. No sabían cómo ayudarla.

Se fueron a misa y al regresar la encontraron en éxtasis. Este éxtasis duró siete horas. Al volver en sí, la Superiora le preguntó sobre su experiencia y ella le explicó que había sido llevada al paraíso y vio muchas procesiones de santos y santas de quienes se celebraba ese día su fiesta. Su ángel le dijo el nombre de ellos, pero de algunos ya no recordaba su nombre. Aseguró que el ángel la llevó ante el Señor, que con cara alegre, le dijo: Debes saber, hija mía, que cuando recibías los golpes era el momento en que mi madre lloró por mi captura.

Ella se quejó a Jesús y le dijo: ¿Dónde estabas cuando era golpeada por el demonio? ¿Por qué me dejaste sola? El Señor le respondió: Yo estaba contigo, de otro modo no hubieras podio soportar los tormentos. Eras golpeada solamente en la medida que yo lo permití, pues el poder del demonio depende de mi voluntad.

Una de las enfermas estaba en la agonía y se reunieron todas las hermanas en la celda de la agonizante para orar por ella. También estaba allí Verónica y vio con los ojos del cuerpo al demonio tentar a la enferma y al ángel custodio de la enferma defenderla del maligno. El demonio la tentaba queriéndola desesperar y le traía a la memoria todas las faltas de desobediencia o faltas al silencio o de las murmuraciones, etc. Pero su ángel a cada acusación respondía: Ella lo ha reconocido y se ha confesado sinceramente. Y a esas respuestas el demonio quedaba mudo y confundido. Mientras discutían así los espíritus, llegó el alma al último momento y el demonio se esforzaba más para llevarla a la desesperación, pero al fin Verónica solo vio al ángel, porque el demonio había desaparecido y así reconoció que se había salvado.

Después de cinco días, murió también la otra enferma llamada Clara y también Verónica vio la discusión entre ambos espíritus, pero no tan violenta. En un cierto momento las hermanas creyeron que ya había fallecido, pero Verónica le dijo al oído a la Madre Vicaria: Todavía no está muerta. Y al poco tiempo la agonizante abrió los ojos, hizo algunos movimientos y expiró.

Cuando le preguntó la Madre Vicaria cómo había reconocido que no había muerto, respondió: Yo veía a la Virgen María y a su ángel custodio estar allí esperando que expirase, porque todavía no había muerto. En la noche siguiente Verónica tuvo revelación de que se había salvado y que solo debía estar un tiempo en el purgatorio por alguna falta de contrición en su última confesión.

Decía nuestra santa que en esa y en otras ocasiones había visto que el demonio temía mucho la bendición y la aspersión con agua bendita, que suele hacer el sacerdote sobre los moribundos, pero sobre todo temía la sincera confesión sacramental. Y añadió que muchas almas, a pesar de las muchas indulgencias, sufrían bastante en el purgatorio por no haber tenido en la muerte la debida contrición de sus pecados y por no haber hecho el respectivo propósito de enmienda.






EL  INFIERNO

Un día fue llevada por el Señor y muchos ángeles al infierno y vio los oscuros calabozos, donde los infernales demonios atormentaban a los miserables encarcelados con diferentes tormentos. También vio los tormentos de los religiosos condenados. Jesús le dijo: Estos son los que, profesando en el siglo las divinas costumbres de las sagradas Órdenes, olvidados de su propia salud, han vivido contrarios a mí. Dice Verónica que estaban con semblantes tristes y los ángeles que acompañaban a Cristo también estaba tristes de ver aquellas almas desdichadas en medio de los tormentos. Allí vio a una religiosa y Jesús le dijo: Esa es el alma de aquella infeliz religiosa que tú por algún tiempo conociste. Tantos y tales tormentos padece por el vicio de la murmuración de que nacían tantos pleitos entre las religiosas de tu convento y principalmente padece, porque ponía su maldita lengua en los Superiores. Jamás quiso confesarse y borrar su pecado por medio de la confesión y así murió impenitente, condenada a una eternidad de penas y tormentos  . 


EL  PURGATORIO

Cuando murió sor Electa, la Madre Arcángela Panigarola la vio en visión en el purgatorio, como en un pozo profundo lleno de agua sucia y maloliente. Sor Arcángela le preguntó: ¿Puedo hacer algo por ti? Le respondió: No, pero sí sor Verónica; y ciertamente con sus oraciones y penitencias consiguió llevarla al cielo.

Sor Arcángela tuvo otra visión del purgatorio con respecto al alma de su propio padre, que estaba penando en un lugar de atroces tormentos. Sor Arcángela rezó por su padre, pero se olvidaba con frecuencia de hacerlo. Un año, en el día del aniversario de los fieles difuntos, sor Arcángela fue llevada por su ángel al purgatorio donde vio a su padre que le dijo, lamentándose: Hija, ¿cómo te has podido olvidar de tu padre y lo has dejado tanto tiempo penar tan horriblemente? Tú has tenido mucha caridad con otras almas, a muchas de las cuales he visto subir al cielo, ¿y no has tenido piedad de mí? Ella comenzó a llorar, prometiendo orar mucho por su padre.

Su ángel la llevó a otro lugar y ella le preguntó: ¿Por qué muchas veces quise rezar por mi padre y me olvidaba? El ángel le dijo: Dios ha permitido tu falta para curar las faltas que tuvo tu padre en procurar su salvación. Él no era de malas costumbres, pero no se preocupaba de hacer esas obras de virtud que debía hacer y que Dios le inspiraba hacer. Sor Arcángela se dedicó con mucho fervor a orar y hacer penitencias y ayunos por su padre hasta que un día se le apareció el alma de su padre toda luminosa y alegre, le agradeció sus oraciones y después voló al cielo  .


SOR  JACINTA

En el convento de Santa Marta vivió sor Jacinta, que durante 30 años sufrió de tuberculosis con abundantes vómitos de sangre, que le hicieron ejercitarse mucho, en la paciencia. Ella vivía aparte de las demás religiosas para evitar contagios. Sor Jacinta llevaba una vida de verdadera ermitaña, dedicada a la oración y penitencia. Nunca dormía en su cama, excepto los dos últimos días de su vida. Murió el 22 de enero de 1478 y, al morir se oyeron en el monasterio cantos de ángeles. Las religiosas quedaron maravilladas, pues nunca la habían considerado una santa.

Una religiosa de gran oración, llamada sor Mónica, recibió una revelación de que Justina había sido recibida en el cielo en el coro de los mártires, aunque no había dado la vida por la fe, porque toda su existencia había sido un continuo sufrir con paciencia por la salvación de los demás. También nuestra Verónica tuvo la gracia de ver a sor Justina en el cielo con la palma del martirio.

A los tres años de su muerte, cuando fueron a enterrar a una religiosa difunta en el mismo lugar donde estaba el cuerpo de sor Jacinta, salió sangre viva de la cabeza de la misma, como si Dios quisiera dar testimonio de su santidad.


JESÚS  EUCARISTÍA

Cuando Verónica recibía la comunión, Dios le concedía la gracia de ver con sus ojos corporales a dos ángeles que con sus incensarios de oro echaban incienso, mientras el sacerdote daba la comunión. También veía que había una inmensa cantidad de ángeles rodeando el altar, cuando el sacerdote celebraba la misa.

El día del Corpus Christi de 1487 vio al Niño Jesús sobre el altar, delante del Sagrario. Al año siguiente 1488, el día del Corpus Christi, vio a Jesús con sus ojos corporales, vestido de blanco y acompañado de un numeroso ejército de ángeles. Se paseaba por el altar y entraba y salía del sagrario. Esto duró los ocho días de la octava.

Otro día del Corpus Christi el ángel la llevó a ver la fiesta del cielo y le dijo: Hija, debes saber que esta fiesta y solemnidad debe celebrarse en la tierra con todo cuidado y diligencia para adorar a la Majestad de la Eucaristía sacrosanta. Ha de ser de la misma manera como la ves en esta ciudad santa de la gloria, donde le rinden adoración todos los ciudadanos del cielo.

Verónica deseaba recibir la comunión más frecuentemente de lo acostumbrado en el monasterio. Quería comulgar al menos los domingos y fiestas. Ella miraba atentamente al sacerdote cuando celebraba la misa. Cuando partía la hostia consagrada, deseaba que una parte de la hostia viniera a ella; y así sucedía muchas veces, pues una partícula venía por la ventanilla de comulgar y volaba hasta su boca. Después ella quedaba en éxtasis. Sus hermanas la veían arrobada, pero no sabían la causa, porque no habían visto la partícula llegar a su boca. Esta manera de recibir la comunión le duró casi toda su vida, sobre todo cuando el confesor de la comunidad celebraba la misa. Y era cosa singular que el sacerdote nunca advirtió que a la hostia que iba a sumir le faltase una parte  .

Un año en la fiesta del Corpus Christi, Verónica vio con sus ojos corporales al Niño Jesús cada vez que iba a la iglesia a rezar el Oficio divino o a cumplir sus devociones. Cuando la cortina de la reja estaba bajada, acabada la elevación de la hostia y del cáliz en la misa, ella no veía más que ángeles que estaban allí en adoración hasta que se consumía la hostia consagrada en la misa.

Cuando las religiosas comulgaban, ella veía muchos ángeles dispuestos en coros por donde las hermanas debían pasar, y otros que rodeaban al sacerdote. Y oía que todos los ángeles alababan al Señor con cantos y música celestial. Igualmente, cuando el padre espiritual llevaba la comunión a alguna hermana enferma, ella veía en la hostia al Niño Jesús y veía también al sacerdote rodeado de ángeles. Esto se lo confió ella al padre espiritual y a la Madre Superiora, sor Tadea Bonali.











JESÚS  Y  EL  ÁNGEL  LE  DAN  LA  COMUNIÓN

Un día Verónica rezaba por el padre Alciati, porque él no estaba seguro de que sus experiencias sobrenaturales fueran auténticas y el Señor en éxtasis le manifestó: Vendrá un día en que aquel por el que tanto rezas, habrá reservado una parte de la hostia que había consagrado en la fiesta del Corpus Christi para darte la comunión y no la encontrará, porque te será dada ocultamente y entonces abrirá los ojos. La Superiora escuchó estas palabras y, aunque no oyó las palabras del Señor, por lo que decía Verónica entendió de qué se trataba y, para asegurarse le preguntó a Verónica sobre el asunto.

Al acercarse ese año la fiesta del Corpus, Verónica estaba ansiosa de que se cumpliese esta promesa y tenía temor de que podría ser objeto de admiración ante sus hermanas, lo que rechazaba su profunda humildad. Al año siguiente, en la noche del viernes al sábado después de la octava del Corpus, cayó en éxtasis y una voz suave la llamó y le dijo: Levántate, hijita, y recibe el Santísimo Sacramento que te manda el Señor, Dios tuyo. Ella salió del éxtasis y vio su celda iluminada y en medio de ella una majestuosa luz en la que vio al ángel con una hostia en la mano. Se acercó y le dio la comunión y después desapareció.

A la mañana siguiente vino el padre espiritual para dar la comunión a las hermanas con la hostia grande que partía en pedacitos. Verónica comenzó a temer que la hostia que el padre había dejado en el sagrario podía haber sido la que le dio el ángel en comunión. Ella pidió al Señor que nadie se enterara. De hecho, la parte de la hostia estaba todavía en el sagrario. Pudo ser que el ángel tomó la hostia de otra iglesia o que el Señor la hizo multiplicar. Lo que no recordaba es que el Señor le había dicho que la parte de la hostia le sería administrada por el mismo Jesús, no por el ángel. Es decir, todavía no era el momento de cumplir la promesa.

Después de dos años, la noche que precede al viernes después de la octava del Corpus, el ángel se le apareció en su celda y le dijo: Dirás al padre espiritual que reserve una parte de la hostia ya consagrada. Le pidió a la Supriora que se lo dijera al sacerdote y él así lo hizo. Pero en la noche del viernes al sábado, estando Verónica en su celda, el ángel le dijo: Levántate, hijita, y vete a la iglesia, donde harás la genuflexión ante el Santísimo. Después verás una nube resplandeciente que viene a tu encuentro y después verás lo que hace el Señor.

Verónica después de hacer la genuflexión, volvió en sí y vio sobre el altar una vela encendida y otra encendida sobre un gran candelabro que estaba en el suelo. Esta última vela se acostumbraba a encender cuando las hermanas rezaban el Oficio divino. Después vio el copón elevarse por sí y salir del sagrario. Veía que el copón se movía, pero no veía quién lo hacía. De pronto una nube rodeó el altar. Después vio levantar el copón y una hostia sobre el cáliz. Ella no veía a ninguna persona, veía solo el resplandor de la nube y en medio muchísimos ángeles, vestidos de varios colores de luz resplandeciente. Ellos, al levantar la hostia sobre el cáliz, entonaron un canto dulce y armonioso a dos coros. Ella se arrodilló como solía hacerlo al comulgar y le pareció que la hostia volaba a su boca y comulgó. Y oyó una voz dulcísima que decía: Recibe mi cuerpo, hija mía. Yo soy aquel en el que tú siempre has creído. De este modo, Jesús cumplió su promesa y él mismo le dio la comunión.

Verónica, después de esa comunión sobrenatural, se fue a la celda para no ser sorprendida en éxtasis por las demás. Al volver en sí, la Madre Tadea, la Superiora, fue a visitarla y entendió que algo extraordinario había sucedido y le mandó que se lo dijera en virtud de santa obediencia. Y Verónica le narró lo sucedido. El confesor no sabía nada y fue a la iglesia a darle la comunión a Verónica en presencia de todas las hermanas, que acostumbraban estar presentes cuando Verónica recibía la comunión, aunque fuese ella sola. El confesor abrió el sagrario y no encontró la partícula que había dejado. Quedó asombrado y se volvió a Verónica como para pedirle explicaciones, pero ella estaba en éxtasis y él salió confundido de la iglesia.

La Superiora que sabía lo sucedido fue a contarle al confesor lo ocurrido. Él quedó consolado y, al volver en sí Verónica, le pidió que se lo explicase ella personalmente. De hecho todas las hermanas llegaron conocer este caso y el confesor creyó que las experiencias de Verónica eran auténticas. Este hecho sucedió en varias ocasiones, en que la hostia volaba a la boca de Verónica y así ella comulgaba por mano invisible, pero realmente.

REZANDO CON JESÚS Y CON EL ÁNGEL

Su ángel se le apareció visiblemente durante ocho días, especialmente en las horas de la noche y le instruyó en todo lo referente al Oficio divino según el rito romano tanto de las fiestas y domingos como de las ferias.

Empezó Verónica a rezar con el ángel el seis de marzo de 1494. Y no solamente rezaba con él el Oficio divino y el votivo de Nuestra Señora, sino también los diferentes salmos y devociones. Acostumbraba decir el ángel a Verónica, cuando habían acabado de rezar lo ordinario: Acaba tú de rezar lo demás que yo vuelvo a los cielos a ver a Dios.

La Madre Tadea tuvo que dar testimonio jurado de que eso era cierto después de la muerte de la santa y afirmaba que ella le había prestado el breviario y encontraba cada día las señales en su lugar. Pero había una maravilla. Cuando sor Verónica rezaba el Oficio junto con el ángel, aunque estuvieran en un lugar oscuro, no hacía falta luz, porque el resplandor del mismo ángel era suficiente para ver el libro sin luz y sin gafas. Alguna vez sucedió que improvisadamente el ángel desapareció y ella no podía continuar, si no encendía una luz y se ponía los lentes. El resplandor del ángel era tan potente que ella no podía ni mirarlo a la cara. Veía que cambiaba las hojas, pero no veía su mano, veía sus alas y su vestimenta, pero no su rostro.

Cuando aprendió a rezar el Oficio, Verónica lo rezaba todos los días de rodillas, salvo cuando tenía dolores de costado, lo que sucedía frecuentemente, o cuando el demonio le había golpeado. En estos casos el ángel se le aparecía y la consolaba y le ayudaba a rezarlo y la hacía de cuando en cuando reposar para tomar fuerzas. Esto duró diez meses y a llegar Navidad, en un éxtasis, el Señor le dijo: Hijita, te quiero dar una gracia especial. Quiero concederte un privilegio singular. De ahora en adelante no tendrás necesidad de libro para rezar el Oficio. Y de hecho, al volver en sí, se dio cuenta de que sabía de memoria el breviario con el orden de los Oficios de todo el año sin necesitar de ningún libro, ni de ayuda humana. Por eso, si estaba en la iglesia, cuando las hermanas rezaban  el Oficio, ella se retiraba a un rincón y rezaba en unión con todas  .

Un día sor Tadea fue a la celda de sor Verónica y la encontró cerrada. Tocó varias veces, pero no abría. Miró por una rendija y vio en la celda un resplandor extraordinario. Comprendió que era algo sobrenatural, porque la celda no tenía ventana. Observando atentamente, vio que sor Verónica se paseaba en medio de aquel resplandor y la oyó salmodiar en alta voz. Después de un rato dijo Verónica: Señor, yo no sé rezar esto. Y no se oyó, pero parecía que alguien le hablaba. Al terminar Verónica de salmodiar, la luz desapareció y Verónica abrió la puerta. La Madre Tadea la abrazó y le dijo: Hermana mía, Dios te perdone por haberme dejado tocar tanto tiempo sin abrirme. Y le respondió: El Señor me dijo que, aunque no te ha permitido entrar, has sido afortunada por lo que has podido ver. El Señor me ha hecho recitar la Hora de Nona con él. Y ¿por qué le dijiste: Yo no sé rezar esto? Porque el Señor quería que yo rezase un versillo y yo no lo sabía. El mismo después me lo enseñó. Otras veces también vio sor Tadea esos resplandores en la celda de Verónica  .







REGALOS  DE  JESÚS

Durante la enfermedad de sor Tadea, Verónica oraba por su salud y el Señor le aseguró que la sanaría. Como aval de esta promesa, el domingo de Ramos la Virgen María le envió por medio del ángel un ramo de metal, semejante a un ramo de olivo labrado finamente, como si hubiese salido del taller de un artífice, adornado de varios colores y en el que estaban escritas las palabras: Jesús, María. Este ramo de olivo se conservó en el monasterio en una caja hermosa, en la que había una pluma de plata que según la tradición le trajo el ángel, cuando le enseñaba a escribir a Verónica.

Verónica con esta pluma escribió un libro admirable en latín. La Madre Arcángela lo sometió al juicio de un eminente doctor en teología y este quedó maravillado. Se dice que este libro se lo llevó el ángel  . 


VISIONES  CELESTIALES

Tuvo muchas visiones sobre episodios de la vida de Jesús. Un año en la vigilia de Navidad, el ángel la llevÓ en éxtasis a Belén, donde pudo asistir al nacimiento de Jesús.

Otro año, el día de la Epifanía, su ángel la llevó en éxtasis a ver la adoración de los reyes magos. Otra vez el mismo ángel la llevó en éxtasis a ver la purificación de la Virgen María. Igualmente pudo ver la huida de la sagrada familia a Egipto con todas las peripecias del camino. También asistió al encuentro de José y María con Jesús, que estaba en el templo a los doce años, predicando a los doctores de la Ley. En otra ocasión pudo estar presente en éxtasis, al bautismo de Jesús en el Jordán. Lo mismo podemos decir sobre las tentaciones de Jesús en el desierto.

Otra vez asistió así a las Bodas de Caná y a la conversión de María Magdalena o a la Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. También asistió a la resurrección de Lázaro y a la oración de Jesús en Getsemaní y especialmente a la resurrección de Jesús y a su Ascensión de los cielos. Todos estos hechos fueron vistos por ella, llevada por su ángel. Son hechos narrados de alguna manera en el Evangelio, aunque ella los narra con muchos detalles, de los que hemos prescindido.

También asistió a otra clase de visiones como la adoración de la santa cruz en el cielo. El 3 de mayo Verónica, en éxtasis, asistió en el cielo a la adoración de una cruz esplendorosa, llena de fulgor. Dice ella que era una cruz de oro, adornada con piedras preciosas.

Un día de Pentecostés fue llevada al cielo por su ángel y allí vio a Jesús rogando al Padre celestial que enviara al Espíritu Santo sobre su Madre y sobre los apóstoles. Vio también cómo se celebraba en el cielo la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Santísimo Sacramento. También asistió durante un año entero a la fiesta de cada uno de los santos, especialmente a la fiesta de san Juan Bautista y de la Virgen de las Nieves. También asistió a la fiesta de la Asunción de María y, conducida por su ángel, fue al purgatorio donde vio muchas almas que eran liberadas por María.


VISIONES  DE  SANTOS

Como Verónica era agustina, Dios le hizo ver por medio de su ángel la fiesta de san Agustín, fundador de su Orden. Hubo solemne procesión en honor del santo, acompañado por san Nicolás de Tolentino y san Guillermo, que eran seguidos de muchos doctores de la Iglesia y de muchos santos y santas de la Orden agustiniana.

En otra ocasión pudo ver en éxtasis la fiesta de la Dedicación de la Iglesia y la fiesta de Todos los Santos. En esta última fiesta vio una procesión de santos que duró 24 horas. A la cabeza estaba san Juan Bautista y san Juan Evangelista y le seguían los apóstoles Pedro y Pablo y muchos santos y ángeles.

Verónica tenía la visita de muchos santos. Un día sor Tadea estaba enferma y Verónica la cuidaba. Sor Tadea observaba como algunas veces, en éxtasis o en sus sentidos, Verónica hablaba con alguna persona que no se veía. Un día le preguntó quÉ habían hablado y Verónica respondió: No puedo decírtelo, pero te diré que cada día recibo la visita del santo cuya fiesta se celebra y, a veces, lo veo y lo oigo con mis ojos y oídos corporales. Entre esos santos se le presentó san Ceferino, mártir, quien después de hablar le hizo oír un dulcísimo canto. Verónica les pudo decir a sus hermanas que, si hubieran estado en su celda, lo hubieran oído, pero de hecho solo lo oía ella sola  .

En una ocasión estaba en oración y se le apareció el gran Padre san Agustín por tres veces, como si se alegrara de ver su alma tan entregada a las cosas de Dios. Tenía el santo tanta luz y resplandor que la celda donde oraba parecía tener dentro un sol material. El vestido de san Agustín era colorado, la capa de azul celeste y sobre la cabeza traía una mitra muy resplandeciente.

Una de las cosas más interesantes que su ángel le hizo ver en éxtasis fue la fiesta que se celebraba en el cielo cada sábado en honor de la Virgen María, rodeada de millones de ángeles.

También muchas veces vio con los ojos corporales a la Virgen María estar junto al altar con vestido blanco y celeste, rodeada de ángeles durante las Vísperas y Maitines, que se decían en su honor. Una vez el día de la Visitación vio con sus ojos corporales a la Virgen con santa Isabel estar delante de la ventanita de la comunión, rodeada de muchos ángeles que hablaban entre sí. Cada domingo y en las grandes solemnidades, veía a su ángel estar a su derecha y acompañarla a cada lugar. A veces le oía sus instrucciones y palabras de vida eterna.


PAN  CELESTIAL

Una vez en la fiesta de santa Marta (28 de julio), algunas señoras habían decidido asistir a la fiesta para conversar con sor Verónica. Al saberlo Verónica, quiso esconderse para  evitar la conversación con las seglares y dedicarse mejor a la contemplación. Con el permiso de la Superiora, después de la misa, subió a un desván y allí estuvo todo el día escondida detrás de un montón de leña, dedicada a la oración y sin pensar en su alimentación. El Señor la quiso socorrer milagrosamente y envió a su ángel con un pequeño pan, blanquísimo y fresco, como si hubiese sido recién sacado del horno. Era bastante pequeño, pero lo comió Verónica y le fortaleció como si hubiera comido un pan grande.

Ese mismo año, el día de Navidad, el ángel le llevó un pan igual, que le produjo el mismo efecto. Después de tres años, en la fiesta de santa Catalina virgen y mártir (25 de noviembre), el ángel le llevó otro pan semejante y desde ese día, durante casi tres años, se lo llevaba tres días por semana, lunes, miércoles y viernes, en los días en que solía ayunar a pan y agua y no iba al comedor con las demás. Esto no se supo durante la vida de la santa. Solo lo sabía la Madre Tadea, pues se encargaba de recoger la comida que le llevaban a su celda y que ella daba para los pobres, bastándole el pan del ángel.

Una vez se enfermó gravemente sor Tadea y ese día el ángel trajo dos panes en vez de uno. Le dio uno a la enferma y se sanó completamente al instante. Desde entonces, en los días solemnes del año, el ángel le llevaba dos panes, para ella y para la Superiora, sor Tadea. La Superiora le dio un día a comer de este pan al confesor, quien se aseguró que las experiencias de sor Verónica eran auténticas  .


DONES  SOBRENATURALES

a) PROFECÍA

El Viernes Santo de 1489 vio en éxtasis los muchos castigos que Dios estaba determinado a enviar a la tierra a causa de sus pecados. Pero el ángel se le apareció y la consoló, diciéndole que no revelara a nadie aquellos castigos y rezase mucho para evitarlos.

Un día habló con el duque de Milán, Luis Sforza, llamado el Moro, y le reveló los grandes pecados que provocaban la justicia de Dios para enviar castigos a la Corte y al ducado y a la misma ciudad de Milán. Le dijo más o menos así: Sepa su Señoría que, si no pone orden para evitar los desórdenes que se cometen, vendrán grandes tribulaciones y ruinas sobre su persona y sobre su ducado. Si pone remedio y gobierna con justicia al pueblo y tiene misericordia de los pobres, yo le prometo de parte de Dios una larga vida, un reino feliz y mucho afecto de parte de su pueblo. Pero si por el contrario no hace caso de estas advertencias, habrá grandes tribulaciones, le quitaran el ducado y sentirá el peso de la justicia divina. Sepa que su madre, que está en el cielo, reza por usted para que pueda llegar a la gloria eterna.

Mientras Verónica le hablaba de estas cosas, el duque prometía y volvía a prometer que haría lo que se le pedía. Entonces Verónica entró en éxtasis y, como no hablaba nada y no sabían hasta cuándo habría que esperar, el duque y sus cuatro acompañantes se retiraron del locutorio del convento y regresaron a su palacio. Sin embargo, a pesar de sus promesas, no fue constante en cortar los abusos y desórdenes, porque a los pocos años de la muerte de Verónica, vinieron las desdichas. Los franceses ocuparon el ducado. El duque mismo, no sólo perdió el gobierno, sino que fue conducido prisionero a tierra extraña, donde terminó sus días y ni siquiera sus hijos pudieron ya recuperar el gobierno del ducado de Milán  .

La conquista del ducado por los franceses fue en 1499 a los dos años de la muerte de Verónica. A continuación vino la peste, la carestía de alimentos y la desolación por todas partes.


b) BILOCACIÓN

Una vez estaban dos hermanas gravemente enfermas y vino el padre espiritual a darles la comunión. Reunidas, según la costumbre, las demás religiosas en la iglesia para acompañar a Jesús Eucaristía, allí estaba también Verónica. Cuando el sacerdote tomó la hostia del sagrario, los ángeles presentes empezaron a cantar y alabar al Señor. Ella, al oírlos, quedó en éxtasis y acompañó al Santísimo, no con el cuerpo, sino con el espíritu, en compañía de su ángel y vio comulgar a las enfermas y después vio a la comunidad regresar a la iglesia. Volvió en sí y pudo describir lo sucedido como si hubiese estado corporalmente.


c) CONOCIMIENTO  SOBRENATURAL

Verónica tenía el don de conocer el interior de las personas. Jesús le hacía ver los grandes pecados cometidos por los cristianos en el mundo entero y hasta los de ciertos sacerdotes indignos. También le hacía ver el estado de algunas personas agonizantes. Verónica conocía las disposiciones de cada una de sus hermanas de comunidad y de otras personas, cuando se acercaban a la comunión. Un día el Señor le hizo ver el mal estado en que se encontraba el sacerdote que celebraba la misa por un cierto odio que tenía a otro compañero. Terminada la misa, ella lo hizo llamar al locutorio y allí le avisó que no debía acercarse nunca más en esas condiciones sin antes reconciliarse con el compañero. De hecho así lo hizo arrepentido.

Muchas personas, conociendo los dones sobrenaturales de Verónica, iban al monasterio a pedir consejo u oraciones para su curación. A veces revelaba hechos ocultos de la vida de algunas personas para que se arrepintieran.

Había una religiosa en cierto convento, de familia poderosa y rica. Un día obtuvo que su padre pidiera a los Superiores permiso para hacerse un hábito de terciopelo y poder llevarlo algunos días. Cuando Verónica se enteró, le mandó a la interesada un mensaje de parte del Señor: Debes saber que por tantas faltas, te saldrás de la Orden y morirás fuera de ella. Y muerto su padre sucedió que salió del monasterio y murió fuera de él.

Una hermana de su convento, conversa como ella, fue enviada a recoger limosnas a su misma ciudad y tenía pensamientos contrarios al estado religioso. A su regreso, Verónica la llamó y le reveló sus secretos pensamientos y después la llevó al pie del confesor para hacer una buena confesión, como así lo hizo.

Un día el Señor le dijo: Quiero que vayas a Como. Pasó un año y otro día le dijo: Vete a Como en tal día y en este viaje llevarás a la Madre Tadea y a sor Simona. Ella tomó a sus dos compañeras y se fue de Milán. Al atardecer llegaron a Como. Verónica había obedecido al Señor al ir en esa fecha a Como, pero no sabía qué debía hacer. Entonces el Señor le habló y le dijo: Vete al convento de los franciscanos y pregunta por fray Giovanni y le dirás lo que yo te inspiraré en ese momento. Hizo tal como le había dicho el Señor. Era el mes de octubre de 1488 y hablaron de cosas santas, de modo que fray Giovanni creyó que ella era una santa.

Otra vez el Señor le mandó nuevamente a Como para ayudar a una persona a salir de su estado de pecado, en el que hacía tiempo se encontraba y del que no sabía cómo salir. Esa persona se convirtió y se confesó muy arrepentida.

Otro día fue a visitar un monasterio para reprender a una joven religiosa de una grave falta que había cometido y que por temor de que fuera conocida por sus Superiores no la había confesado. Ella no aceptó la corrección, sino que negaba el hecho y hasta la llenó de improperios. Verónica tuvo que regresar a su monasterio, afligida por la dureza del corazón de esa religiosa y rezó mucho por ella. El Señor le pidió que regresara de nuevo a hablar con esa religiosa y decirle de parte suya que dejara a un lado la vergüenza y confesara su pecado. Él le prometía misericordia y haría las cosas para que sus hermanas no conocieran el hecho. De otro modo, sería peor para ella. El Señor le reveló a Verónica el hecho y el lugar y el tiempo y todas las circunstancias.

Antes de hablar con la interesada, hizo llamar al confesor para que estuviera en el locutorio para oír lo que ella tenía que decirle a la culpable. Al principio la otra lo negó todo, pero después, al darle todos los detalles, lo reconoció. Y entonces Verónica le dijo que no tuviera vergüenza, porque el confesor lo sabía todo, ya que lo había escuchado en el mismo locutorio. Así que se confesó arrepentida y perseveró en su buen estado  .

En la ciudad de Milán había en ese tiempo 41 conventos de religiosas de diferentes Órdenes y por orden de Dios los visitaba a todos y cada uno. A las religiosas las llamaba por su nombre sin conocerlas y las reprendía si hacía falta, aunque con mucha bondad, manifestándoles hasta los pecados más ocultos.

El 31 de mayo de 1494, Dios le mandó que fuera a un pueblo cercano a Milán para hablar con un hombre que hacía muchos años que vivía en pecado mortal. Dios le reveló todos sus pecados y todas las circunstancias de ellos y así consiguió la conversión de ese hombre.


d) DON  DE  LÁGRIMAS

Sor Verónica tenía el don de lágrimas y a veces sus lágrimas eran tan abundantes que, no solo mojaban sus vestidos, sino también el suelo. Esto sucedía especialmente en los días de Semana Santa, cuando el Señor le hacía ver en espíritu los pasos de su pasión y muerte. Cuando lloraba, estando en éxtasis, las lágrimas le caían a los pies y se quedaban en el suelo como si fueran pedazos de hielo y, cuando volvía  en sí, esas lágrimas corrían por el suelo. Sor Tadea pensó un día en recoger esas lágrimas y conservarlas para usarlas en las enfermedades. Para el efecto preparó una taza y estuvo esperando el momento oportuno. Pero he aquí que un ángel del Señor, cuando sor Tadea no estaba presente, recogió en la misma taza las lágrimas de sor Verónica, estando ella en éxtasis, y recogió tanta cantidad que se llenó. Cuando llegó la Madre Tadea, encontró la taza ya llena. Al volver Verónica en sí, Tadea le preguntó qué había pasado y le respondió: Ha sido un ángel del Señor.

Tadea se alegró y se llevó la taza llena de las lágrimas y siguió recogiendo más lágrimas otros días, pero se lo impidió sor Verónica. De todos modos con las lágrimas ya recogidas pudieron curarse muchos enfermos de los ojos y fueron conservadas durante muchos años  .


e) ÉXTASIS  Y  LEVITACIÓN

Una vez estaba Verónica en éxtasis y el Señor le dijo: Hijita, quiero que veas a aquellos que por su vida virtuosa son recompensados por mí con sublimes dones de contemplación y éxtasis. Ella vio muchos hombres y mujeres en profunda contemplación. Otra vez, estando en éxtasis, vio en un desierto un ermitaño de suma virtud y perfección. Ella deseÓ verlo, no solo en espíritu, sino también corporalmente, para conversar personalmente. Y he aquí que, después de algunos meses, el ermitaño fue por orden de Dios a Milán y fue al convento de santa Marta y habló con sor Verónica. El regresó a su desierto, pero desde ese día en adelante mantuvieron correspondencia por carta y el ángel de él y de ella hacía de cartero para llevar las cartas.

Muchas veces sor Verónica fue encontraba elevada del suelo. Una noche del tiempo pascual fue al coro con las demás hermanas y cantaban el salmo Laudate Dominum y el ángel que estaba a su lado le dijo: Hijita, levántate y vete rápido a tu celda. Obedeció, fue a la celda y la vio toda iluminada. Y allí vio al Señor, rodeado de multitud de ángeles, algunos de los cuales la tomaron y la levantaron de la tierra tanto que su cabeza tocaba el techo de la celda. Mientras tanto ellos le mandaron que cantara la antífona Reina del cielo, alégrate, y ella la cantó con voz suave y solemne. Después el Señor le hizo ver cómo fue su propia resurrección. Muchas otras veces fue elevada de la tierra en la presencia de otras personas.

En una oportunidad sor Arcángela entró en la celda de sor Verónica y la encontró como arrodillada en el suelo, pero estaba levantada de él de modo que estaba sobre ciertas cajas que allí había. Otra vez estaba en oración en el desván y fue igualmente elevada hasta tocar con la cabeza el techo, de modo que, descendiendo, tenía la cabeza cubierta de polvo y telarañas.


VISITA  AL  PAPA

Cuando ya se acercaba la muerte de sor Verónica, el Señor lA mandó a Roma para que hablara de asuntos secretos con el Papa Alejandro VI. Sor Verónica y sor Tadea se pusieron en camino en septiembre de 1495. Fueron en caballerías que les prestaron por amor de Dios y acompañadas por cuatro buenos hombres que quisieron ayudarlas. Se detuvieron algunos días en Piacenza y en Firenze, visitando diversos monasterios. Al llegar a Roma, pidió por medio de algunas autoridades religiosas una audiencia al Papa. Al octavo día de estar en Roma, estando en oración, fue instruida sobre lo que debía decir al Papa. El Papa la hizo entrar en la sala de audiencias y allí, en presencia de muchos de sus familiares que estaban a cierta distancia para no oír lo que decían, habló el Papa con la humilde religiosa. El Papa terminó dándole la bendición.

Antes que Verónica llegara a su convento, un día estaba sor Electa en un corredor oscuro y vio un rayo de luz con una figura humana, que le habló. La compañera que acompañaba a sor Electa no entendió nada y sor Electa llorando le dijo: ¿No has visto a sor Verónica que me aconsejaba prepararme para la muerte?

Verónica por su parte, salió de Roma y se detuvo en Firenze y después en Piacenza y, a los pocos días, llegó a Milán. Todas las hermanas se alegraron de su llegada. A sor Electa le dijo claramente: Tu, hijita, prepárate, porque de aquí a poco tiempo debes ir al cielo. Sor Electa lloró, pero, de hecho a los pocos días le vinieron vómitos de sangre y, estando ya tuberculosa desde hacía un año, se murió, aunque fue atendida por sor Verónica en sus últimos días para que aceptara con resignación la muerte.


SU  MUERTE

El año 1496, el día de la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos, Verónica tuvo mucha fiebre acompañada de tos. Vomitaba sangre y las hermanas tuvieron miedo de que estuviera al final de sus días. A los pocos días los médicos la declararon tuberculosa. En poco tiempo se agravó y pidió los últimos sacramentos. Las hermanas para contentarla se los concedieron. Cinco días antes de su muerte predijo el día y hora de su muerte al confesor, diciéndole: Padre, de aquí a cinco días y a la hora de Completas, pasaré a la otra vida. Y así fue, a la hora y día predichos mudó de color y entró en agonía. Le rezaron las oraciones de los agonizantes y antes que tocase el segundo toque para Completas murió. Era el día 13 de enero de 1497. Tenía 52 años de edad y 30 de su entrada en el monasterio.

Todas lloraron como si hubieran perdido a su madre. Y lo extraordinario fue que el rostro de Verónica que, antes de morir estaba macilento por sus continuas penitencias, quedó bello y resplandeciente. Su cuerpo fue expuesto en la iglesia durante cinco días para devoción de tanta gente que quería verla. Y observaron otro prodigio, que además de la sobrehumana belleza de su rostro, todo su cuerpo se mantuvo flexible e incorrupto como si estuviera aún viva.

El Vicario general oyó los milagros que contaban los interesados: cojos, mancos, tullidos y otros sanados de distintas enfermedades, que estaban con perfecta salud.

Sucedió un prodigio y fue que el cadáver de Verónica, a vista de todos, levantó la mano derecha y la puso sobre su pecho a modo de cruz y la juntó con la mano izquierda. Una religiosa del convento, sor Daría, hacía mucho tiempo padecía un dolor agudo en una mano, donde tenía un tumor. Los médicos le daban pocas esperanzas. Le pidió a sor Verónica la salud y fue escuchada, ya que quedó sana, como si nunca hubiera tenido tal achaque.

Después de su muerte fueron transcritos 23 milagros, bien certificados por las autoridades religiosas. El padre Isidoro de Isolani termina su libro escribiendo: Muchas otras gracias y prodigios hizo el Señor por intercesión de su sierva Verónica, pero por amor a la brevedad los dejamos sin escribir. Todo cuanto aquí se ha referido de su vida basta para alabar a Dios y también para dar una prueba clara de la santidad de Verónica, la cual quiso ser mi abogada ante Dios.




BEATIFICACIÓN  Y  CULTO

Al cuarto día de su muerte, el arzobispo de Milán, habiendo oído los portentos que se obraban por su intercesión, envió a su Vicario para constatar los hechos. Observó la flexibilidad e incorrupción del cadáver y escribió una relación auténtica de los hechos. El arzobispo envió al Capítulo metropolitano para celebrar con solemnes pompas los funerales; y sus restos, puestos en un ataúd de madera, fueron cerrados y puestos sobre un altar. Allí estuvo durante 22 años hasta el año 1519. En este año se construyó una nueva iglesia y fue trasladado su cuerpo y enterrado debajo del altar del coro donde rezaban las mismas religiosas.

Cada año se celebraba su fiesta el 15 de enero y se exponía su imagen. Sus reliquias eran veneradas por el pueblo. El Papa León X, a los 20 años de la muerte de Verónica, aceptó su culto público y el 15 de diciembre de 1517 con un Breve apostólico permitió su culto, de momento  solo para su monasterio de santa Marta. Y por el Breve del 11 de octubre de 1519 lo extendió a todos, como si hubiera sido beatificada oficialmente.

En el martirologio agustiniano fue incluida un 28 de enero, a pesar de que murió el 13 de enero y en su monasterio la fiesta se celebraba el 15 de enero. Cuando su monasterio fue suprimido, sus restos fueron trasladados a la parroquia de su ciudad natal de Binasco. En casos de enfermedades la gente del pueblo acude a la parroquia para prender velas o llevan ropa para tocarlas con su tumba y sean bendecidas por la beata.



















CONCLUSIÓN

Después de haber leído la vida de la beata Verónica de Binasco, podemos decir que Dios es maravilloso y para glorificar a los santos es capaz de hacer cosas humanamente increíbles. Ya hemos visto cómo el mismo Jesús le dio la comunión al igual que su ángel. Cómo su ángel la llevaba frecuentemente al cielo o al purgatorio o al infierno y a muchos lugares de Palestina para que asistiera en espíritu a los acontecimientos de la vida de Jesús, al igual que a las fiestas que se celebraban en el cielo.

Todo ello nos da a entender que Jesús no se deja ganar en generosidad y, cuando un alma se entrega totalmente a él, derrama en abundancia sus dones para su gloria, para el bien de la Iglesia y provecho de esa alma. Jesús quiere que todos seamos santos, pero para ello hace falta que pensemos que es posible, que lo deseemos de verdad y que seamos capaces de aceptar en todo momento la voluntad de Dios, incluso para ir por caminos de espinas, ya que la santidad tiene raíces en forma de cruz. Por la cruz a la luz; por la cruz a la resurrección; por la cruz a la santidad.

La santidad es amor y cuanto más amor tengamos a Dios y a los demás, más santos seremos. ¿Estamos dispuestos a seguir el camino que Jesús nos trace y aceptar en todo momento su voluntad? Pidamos esa gracia para seguir el camino que nos lleva a la santidad.

Que seas santo, ése es mi mejor deseo para ti. 


Tu hermano y amigo para siempre.
P. Ángel Peña O.A.R.
Agustino recoleto



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BIBLIOGRAFÍA

Angeliche visioni, Verónica da Binasco nello Milano del Rinascimento, Ed. Del Galluzzo, Firenze, 2016.
Anónimo, Vita e visioni della b. Veronica Negroni, Milán, 1755.
Benedetta de Vimercate, La virtuosa vita religiosa di suor Verónica del Monastero di Santa Marta, della Città di Milano.
Butler Alban, Vidas de santos.
Font Jaime, Vida milagrosa de la extática y seráfica virgen santa Verónica de Binasco, 1693.
Isidoro Isolani, Vita mirabile della beata Veronica da Binasco, Monza, 1890. Esta vida fue publicada en 1517.
Stanzione Marcello, Verónica da Binasco e gli angeli.


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