DOMENICA LAZZERI, ESTIGMATIZADA

P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.



















DOMENICA  LAZZERI, ESTIGMATIZADA



















S. MILLÁN – 2018


DOMENICA  LAZZERI, ESTIGMATIZADA










Nihil Obstat
Padre Ricardo Rebolleda
Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto








Imprimatur
Mons. José Carmelo Martínez
Obispo de Cajamarca (Perú)














S. MILLÁN – 2018

ÍNDICE GENERAL


INTRODUCCIÓN
Sus primeros años.
La grave enfermedad.
Visitantes.
Milagro eucarístico.
Reconocimiento.
Bilocación.
Sus amigas estigmatizadas.
Carismas.
a) Conocimiento sobrenatural.
b) Profecía. 
c) Conocimientos de lenguas.
d) Reducción corporal.
e) Curaciones.
f) Hemografías.
La voz.
Apariciones.
El demonio.
Las llagas de Jesús.
Su muerte.

CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA

















INTRODUCCIÓN

La vida de la meneghina, Domenica Lazzeri es una vida fuera de lo normal. Fue un alma víctima que soportó en su cuerpo las llagas de Cristo y llevó una vida de sufrimiento, ofrecida con amor para cumplir la voluntad de su esposo Jesús, que quería que ofreciera sus dolores por la salvación de los pecadores. Fue en una palabra un crucifijo viviente, otro Cristo crucificado.

Pero no pensemos que su vida era un calvario permanente, también tenía momentos de cielo en el que Dios derramaba sobre ella sus gracias y le hacía sentir las alegrías celestiales. Durante varios años la misma Virgen María venía todas las noches a visitarla y asearla y acariciarla, haciéndola sentir inmensamente feliz.

Por otra parte, a veces iba en bilocación a visitar a sus amigas estigmatizadas María von Mörl y Crescenzia Nieklusch. Incluso el Señor le dio la gracia de que el arcángel san Rafael pudiera dirigirla a través de su voz primero, después bajo la forma de un pajarito blanco y por fin presentándose como el mismo san Rafael.

También le regaló Dios otros dones y carismas sobrenaturales e hizo milagros por su intercesión. Su causa de beatificación está en marcha y esperamos que pronto pueda brillar en la lista de los canonizados solemnemente por la Iglesia.




















SUS   PRIMEROS  AÑOS

Domenica Lazzeri nació el 16 de marzo de 1815 en Capriana, un pueblo de unos 690 habitantes, ubicado en el Tirol italiano, donde todos hablaban italiano a diferencia de otros pueblos cercanos que estaban en el Tirol austriaco y hablaban alemán.

Su padre se llamaba Bartolomé Lazzeri y su madre Margarita. Su padre era molinero y tenía un molino propio. Eran cinco hermanos. Sus dos hermanos varones, según referencias del coadjutor don Degiampietro, eran de carácter vivo y fáciles de ir a las manos. Sus dos hermanas por el contrario eran muy religiosas y honorables. A ella le llamaban cariñosamente meneghina (pequeñita).

A los seis años cayó en un estanque de fango, donde estuvo atascada durante un cuarto de hora hasta que vino un hombre y la liberó y la llevó cargada a su casa, donde tuvo que guardar cama un tiempo. Domenica asistió a la escuela y hacía preguntas de religión tan especiales que su maestro quedaba sorprendido. Leía libros religiosos de san Alfonso María de Ligorio y otros libros devotos y, cuando estaba en el molino de sus padres y tenía tiempo libre, le gustaba hacer oración y meditar mucho en la pasión del Señor.

Tenía 13 años, cuando murió su padre de una pulmonía a los 55 años en febrero de 1828. Ella lo amaba tiernamente y su pérdida le afectó mucho. Estuvo llorando inconsolable durante cuatro días, sin querer comer. Lo sintió tanto que el 3 de marzo de ese año 1828 cayó enferma. El doctor Cloch diagnosticó la enfermedad como fiebres nerviosas intermitentes y le recetó sulfato de quinina en polvo, pero no le hizo nada.

Su madre la puso a trabajar de criada en una familia de Fadana. Ellos contaron que bajo la almohada tenía un libro sobre la pasión del Señor para meditar. 

En el informe que el doctor Cloch y el doctor Antonio Faes redactaron para presentarlo a la reunión médica de los científicos italianos se lee: En su enfermedad desde el año 1828 se le cambiaron las funciones del útero; las menstruaciones que fueron siempre irregulares y escasas, cesaron y jamás volvieron a aparecer. Aparecieron movimientos convulsivos en toda su persona. Leía libros ascéticos que alimentaron las alas de la imaginación y no soñaba, sino en la  pasión del Nazareno.

A sus 18 años tuvo un problema grave que le afectó mucho. Una noche se quedó en el molino de sus padres. Escuchó que llamaban a la puerta. Creyó que era su hermano, pero para cerciorarse miró por la ventana y observó la sombra de dos hombres desconocidos. Ella se llenó de miedo y se escondió en un rincón donde la encontraron al día siguiente temblando. Nueve días después, el 12 de junio, tuvo otro extraño suceso. La vieron durante una hora inmóvil en un campo cercano a su casa. Estaba como en éxtasis y le vino una sed ardiente con mucha dificultad para respirar y vio a un señor venerable que le ordenaba que se quedara quieta, porque quería manifestarle cosas de suma importancia. Fue una visión sobrenatural. Según algunos, Dios le manifestó su voluntad y su futuro de sufrimiento por la salvación de los pecadores y ella aceptó su misión.

El 13 de junio de 1833 le vino una violenta tos acompañada de un sofocamiento que casi la ahogaba. Le practicaron una sangría y mejoró, pero empezaron los vómitos, que duraron unos 15 días, porque las medicinas que tomaba (carbonato de potasa o jugo de limón y otras) no le hacían nada. También le vinieron convulsiones, que duraban días y semanas enteras.

Su salud comenzó a empeorar con debilitamiento de fuerzas y rechazo de comida y bebida. En agosto de 1833 comenzó lo que se puede llamar su gran enfermedad que ya no la dejó y que permaneció hasta el final de su vida.


LA  GRAVE  ENFERMEDAD

Esta grave enfermedad de por vida comenzó con una gripe fuerte. Ella con sus 18 años se dedicó a ayudar a los enfermos de la epidemia de gripe, cuando un día (el 15 de agosto exactamente de ese año 1833) se enfermó ella también de gripe junto con su madre. Su madre se mejoró pero ella no. Después de dos meses, se dieron cuenta que ella no dormía y que apenas comía casi nada. Esto hasta la fiesta de Pascua de abril de 1834. Después de Pascua se rehusó a tomar incluso lo poco de sopa que tomaba y durante seis meses no comió absolutamente nada.

El 15 de agosto de 1834 tomó un poco de agua con una cuchara, diciendo que la tomaba, no como alimento ni bebida, sino para lavar su alma. Y ya quedó en cama, inmóvil, definitivamente, con los pies y las manos juntos como si estuvieran clavados. Siempre estaba en la misma posición, boca arriba, inclinada hacia la parte derecha, sobre un jergón de paja y una cubierta de lana ligera de color grisáceo-marrón. La puerta y la ventana debían estar siempre abiertas, porque se ahogaba y en invierno, cuando la temperatura estaba bajo cero, ella se sentía aliviada con el frío, porque tenía un inmenso calor interior. Y, si hacía verano caluroso, debían darle aire con un abanico. Tampoco podía soportar la luz y debían poner cortinas a la ventana y a la puerta para evitar que le dañara la luz a los ojos.

Le molestaban mucho los ruidos, pero en su casa estaban los niños, hijos de su hermano, que corrían y gritaban; y eso le hacía sufrir mucho. Tampoco soportaba los olores.

Su habitación tenía una sola ventana, la cocina de la casa estaba frecuentemente llena de humo y eso le hacía mucho daño y no podía respirar. Su cuarto estaba oscuro y sin calefacción en invierno. En las paredes solo había cuadros de Jesús, de María y de algunos santos. Su paciencia y resignación en medio de tantos dolores era admirable y su mente estaba siempre ocupada en cosas espirituales. Los miembros de su familia gozaban de buena opinión entre la gente, la asistían y no se aprovechaban nunca de las ofertas de dinero de las personas que la visitaban.

En carta del padre Santuari al padre Freinadimetz del 7 de abril de 1836 le dice: Es de anotar que de su boca salieron tres gusanos, uno extraído por los de su casa y los otros dos por el padre Eccel; y ella dice que tiene otros.

En una carta del padre Degiampietro al padre Freinadimetz del 27 de diciembre de 1836, le dice: Un médico asegura que el invierno pasado le salían por la boca algunos gusanos. Yo mandé que se conservase uno en vino, pero después de algunos días no aparecieron más. El doctor Cloch en su informe dice que vio salir de su boca 100 gusanos.

En otra carta del padre Degiampietro al mismo padre Freinadimetz del 17 de agosto de 1838, escribe: En  medio de sus dolores y convulsiones cae algunas veces en delirio y dice cosas sin sentido o ridículas, pasa de recitar oraciones a quejarse de sus dolores o de la mala asistencia de los suyos. A veces en su delirio continúa golpeándose el rostro o el seno con toda la fuerza que puede durante 20, 30, ó 40 días seguidos. El doctor Cloch afirmó en su informe que en una hora contabilizó 409 golpes. Lo que es de admirar es que de los golpes que se da no queda ninguna señal, ni en las manos ni en el lugar que se golpea.

En esos momentos de delirio parece que el demonio tiene cierto dominio sobre ella. Grita tan fuerte que se oye, de día y de noche desde lejos de su casa. Además tiene frecuentes convulsiones, que aumentan con la visita de algún extraño curioso que entra sin su permiso.
Lo interesante es que ni la falta de alimento, ni la pérdida de sangre ni los dolores y convulsiones, le abaten su físico como se puede juzgar por sus manos y rostro. Muchas personas sanas están más delgadas que ella. Y pasa de una extrema opresión, en que no puede respirar y con ronquidos de moribunda, a gritar con una voz poderosa que se puede oír de muy lejos, hasta media milla según personas dignas de fe. Además grita por espacio de 15, 20, 30 ó 40 días sin más descanso que media hora o una hora en 24 ó 48 horas. Ella dice que se siente obligada a gritar y de solo poder decir las palabras Dios mío, ayúdame; o Virgen María, ayúdame o Filomena, ayúdame. Cuando  trata de confesarse puede hablar normal ya que hay momentos en que no puede dejar de gritar o no puede hablar o habla con dificultad.


VISITANTES

En algunas oportunidades la visitaron personajes eclesiásticos famosos como el que fue cardenal de Londres Nicolás Wieseman; Carlos Augusto Reisach, arzobispo de Mónaco y que también llegó a cardenal; el filósofo Antonio Rosmini, el insigne jesuita Javier Weninger y algunos condes o barones, personajes importantes del país.

Muchos iban a visitarla con el fin de pedirle oraciones. Muchos recibieron beneficios de ella, pero ella no recibió beneficios de nadie, porque no aceptaba regalos y menos dinero. Al verla, los visitantes entendían que ella era rica ante Dios y ellos unos pobres necesitados. Dos judíos de Milán se convirtieron después de su visita, lo mismo sucedió con un protestante de Inglaterra y así otros pecadores que cambiaron de vida. En algunos casos, Dios hizo por su intermedio verdaderos milagros de curaciones.

Anatole de Segur refiere en su libro Témoignages et souvenirs que fue a visitar a Domenica y afirma: Sin hacernos anunciar, tocamos a la puerta de su casucha. Una joven pobremente vestida nos abrió. Era hermana de la paciente. Le expusimos el motivo de la visita. No respondió y, tomando una actitud de resignación, nos hizo atravesar un pequeño espacio oscuro y con humo que hacía de cocina, de comedor y de sala de recibimiento; y nos hizo entrar en la habitación de la enferma. Allí vimos un espectáculo doloroso. En medio de la habitación, sobre un pobre jergón de paja, estaba la dolorosa misma, inmóvil, sangrante y coronada  de llagas. Parecía un crucifijo viviente. La frente estaba marcada con llagas claras y profundas. Le preguntamos si hablaba francés, porque en el lugar nadie lo hablaba y con una señal nos respondió que sí; y respondió con señales a nuestras preguntas, porque no podía hablar. Ella nos confirmó todo lo que nos habían dicho: que no comía ni bebía, ni dormía nunca .

Estando inmóvil en su cama podía abrir o cerrar la puerta de su casa según su visitante fuera bueno o malo e indigno; y eso sin tener mando electrónico que no existía en aquellos tiempos. Pero a veces se entrometían con permiso de sus familiares  con engaños.

El doctor Cloch visitó a Domenica entre 1834 y 1837 unas siete u ocho veces. En 1837, cuando ya el doctor Cloch había sido transferido a Trento, la visitó el 4 de mayo. Nos dice: Estaba como siempre inmóvil en la misma posición como en agosto de 1834. Le pregunté por qué tenía siempre abierta la ventana y me respondió: "En todo el tiempo que estoy enferma en esta cama no he podido soportar que estuviera cerrada ni de día ni de noche, ni siquiera en los mayores fríos del invierno". Cuando soplan vientos fuertes es mejor, porque se le alivian los dolores. Me aseguraba que desde el 2 de mayo de 1834 no había comido ni bebido nada, ni tampoco había dormido. No podía deglutir y la única cosa que podía recibir era la comunión, cuando se la traía el capellán.


MILAGRO  EUCARÍSTICO

Pero hubo un milagro. Lo explicó Ernesto de Moy, que fue de los primeros en saberlo. El padre Santuari sabía que Domenica le había dicho que a veces tenía dificultades para deglutir la hostia. Una vez debió tener la hostia en la boca durante medio día, otra vez fue un día entero. En otra ocasión la tuvo durante tres días.

En una carta el padre Degiampietro afirma: El  4 de agosto de 1838, comulgó, pero no pudo pasar la hostia. El día 5 recobró el conocimiento, me dijo que la tenía todavía en la boca. Me pareció conveniente sacársela, pero no se pudo porque, apenas abría la boca, las convulsiones comenzaban y cerraba fortísimamente la boca con violencia; fue imposible sacársela. Estoy escribiendo el día 17 y la hostia todavía la tiene en la boca, toda entera, como si acabara de comulgar y no puede pasarla a pesar de sus esfuerzos.

En otra carta del padre Degiampietro del 17 de octubre de 1838 al mismo padre Freinadimetz, le aclara: El 24 de septiembre (había comulgado el 4 de agosto), al extender sobre su pecho un pañito, aparecieron sobre él dos pedacitos de la hostia que no podía pasar y tenía todavía en la boca. Al día siguiente salieron uno o dos pedacitos, que fueron recogidos por mí. Los pedacitos, apenas salidos de la boca, estaban secos, excepto el último que estaba empapado de saliva. En total fueron 51 días que la hostia permaneció incorrupta, seca, fresca e intacta en su lengua.






RECONOCIMIENTO

El 14 de diciembre de 1838, el Papa Gregorio XVI concedía a Domenica una indulgencia plenaria una vez al mes con las condiciones acostumbradas. Cinco días después el obispado aceptaba que se celebrara misa una vez por semana en su habitación con tal que la misa fuera celebrada solamente por los capellanes y no por sacerdotes forasteros. Esta fue una gracia muy especial, ya que, antes del concilio Vaticano II, se concedía muy difícilmente celebrar la misa fuera de las iglesias. Esto era una manera particular de reconocer en Domenica algo auténtico y sobrenatural.

El padre Paolo de Paoli le escribió al obispo de Trento el 6 de abril de 1842: En cuanto a su estado moral, no puedo decir otra cosa sino que se manifiesta con humildad, paciencia y resignación; y con muchísima frecuencia se le oyen edificantes jaculatorias. Recibe la comunión una vez por semana y siente un gran deseo de recibirla con más frecuencia y puedo decir que espera con alegría el momento de poder recibir a Jesús sacramentado. Muestra también mucha alegría y jovialidad en medio de sus sufrimientos. En el curso de los tres años y  cuatro meses que yo me encuentro en Capriana, puedo decir no haber encontrado, a pesar de mis detalladas observaciones, ningún motivo para dudar de su sinceridad y pensar que haya engaño en todo lo que parece insólito y maravilloso.


BILOCACIÓN

Un buen día Domenica, que no podía moverse de la cama, desapareció completamente. Sus familiares se preocuparon, avisaron a los sacerdotes y la buscaron por todas partes y no la encontraron hasta que regresó de su bilocación.

El padre Santuari, en carta del 3 de octubre de 1835 al Vicario de Trento, Don Giacomo Freinadimetz, le escribe: Visité ayer por la tarde a Domenica y me certificó que por tres días seguidos estará libre de todo dolor y se levantará de la cama, pero me habló como en enigma y no pude entender lo que quería decirme. Al día siguiente por la mañana el padre Eccel me dijo que en su casa estaban consternados porque la enferma  no se encontraba por ninguna parte. Me dijo el padre Eccel que ya desde el 30 de mes pasado había ella tenido conocimiento de lo que iba a suceder y que estaría en espíritu en Caldaro y, después de tres días o a lo más siete, regresaría de nuevo a su cama; pero no de cierto; sino con gran probabilidad. Yo en persona la he buscado por toda la casa a ver si estaba escondida.

En carta del 12 de octubre de 1835, el mismo padre Santuari escribe al Vicario nuevamente: Después de ocho días, el sábado pasado a las ocho de la tarde apareció de nuevo de improviso en casa estando bien cerrada, pues había fuerte lluvia. Ella llegó seca mientras estaban en oración su madre y las hermanas. Le preguntaron dónde había estado y respondió que estuvo en compañía de otras dos, semejantes a ella, en la casa de una tal Crescenzia en Cermes. Estaba invisible a todos menos a un niño de tres años y a otro de cinco, y de un sacerdote de 40 años. Ayer por la tarde me prometió hacerme la descripción de la habitación de Crescenzia con la que conversó con gran contento. Dijo también que los ocho días parecieron pocos momentos.

Había estado en compañía de otras dos compañeras de sufrimientos. Había ido primero como en un relámpago a la casa de María von Mörl y la vio de rodillas en tierra en medio de dos velas encendidas. Se fijó bien en todos los detalles, porque cuando le pidieron que describiera la casa, lo hizo perfectamente bien. De allí fue llevada junto con María Mörl a la casa de Crescenzia, situada en un monte, y allí encontró otras siete enfermas. Allí les dieron la comunión y mirando hacia el suelo vio a su madre y hermanas afligidas por su ausencia. También vio al padre Santuari que miraba por todos los rincones de su casa a ver si la encontraba oculta. También le pidió después que describiera la casa de Crescenzia y lo hizo sin dificultad. El padre Santuari, al describir la desaparición de Domenica en una carta del 12 de octubre de 1835 hace referencia a que la puerta de la casa de Domenica no se podía abrir si ella no quería, estando en cama inmóvil.

Cuando el obispo se enteró de estos hechos, le prohibió que desapareciera de nuevo. Pero hubo algún encuentro más entre Domenica y Crescenzia y María. Fueron visitas solo de noche y por algunas horas. Esto el capellán lo consideró una desobediencia a la prohibición del obispo; pero ante la prohibición, ella había respondido que siempre que fuera la voluntad del Señor, pues ella no iba por su voluntad, sino que la llevaban (probablemente su ángel) sin saber cómo ni adónde ni el porqué. Un día había sido llevada a un lugar y en el lugar de llegada vio a María von Mörl y Crescenzia con la Virgen María y muchos ángeles.

El padre Degiampietro escribió al obispo de Trento, Monseñor Giovanni Nepomuceno, el 20 de noviembre de 1835: Domenica me dijo el 13 de noviembre que la noche precedente sufría mucho y le rogó al Señor que la consolara y que, si era su voluntad, la llevara por un momento a la casa de Crescenzia. Sin saber cómo fue, ni cómo volvió, por un tiempo que le pareció brevísimo, pero que fueron unas tres horas, fue a Cermes a casa  de Crescenzia y la encontró sufriendo mucho desde hacía tres semanas. Crescenzia le pidió rezar juntas al Señor para que pudiera quedarse con ella, pero Domenica rehusó. Ella afirma que Crescenzia le aseguró que algún tiempo antes fue interrogada sobre si había ido Domenica a visitarla y que ella no había respondido ni sí ni no, porque creía que la visita era desconocida de todos.

Domenica me ha dicho que se han visitado con Crescenzia siete veces, cuatro en Capriana y tres en Cermes. Yo le llame la atención por haber desobedecido al  obispo, que le había prohibido ausentarse de casa, pero ella respondió con sencillez que había orado para ir, si era la voluntad del Señor.

Un día le pedí que me describiera la habitación de la misma Crescenzia. Ella me hizo la descripción detallada y exacta. Después de cinco días le pedí de nuevo que me hiciera la misma descripción y la hizo exactamente igual.

El padre Santuari en carta al padre Freinadimetz del 10 de diciembre de 1835 le dice: Domenica ha dicho que la noche del 18 al 19 del pasado mes fue visitada por Crescenzia (en bilocación) sin que se dieran cuenta los de la familia de ambas. La noche del 22 al 23 del mes pasado igualmente fue visitada por Crescenzia desde la media noche hasta el amanecer. Crescenzia le manifestó que le habían preguntado sobre su primera visita a Domenica y que respondió que sí la había visitado. 

En un interrogatorio que le hizo a Domenica el padre Paolo de Paoli el 10 de diciembre de 1845 y el 21 de enero de 1846 respondió: La voz me dijo que el día 5 de octubre a las 5 de la mañana o a las 11 de la noche sería llevada donde encontraría otras jóvenes enfermas, tal como se lo manifesté al padre Antonio Eccel. No sé por quién fui llevada ni cómo, ni siquiera por qué camino o si salí por la puerta o por la ventana. No sé adónde fui llevada, Pero me parece estar como en un relámpago en la habitación de María von Mörl de Caldaro. La vi arrodillada en el suelo en medio de dos luces encendidas y, al regresar, he podido describir detalladamente esa habitación.

Mis hermanas fueron a Caldaro y encontraron todo como yo había dicho. De allí fui llevada a una casa sobre un monte, toda de madera y allí estábamos siete, todas enfermas y me parece que allí estaba también la Mörl. Una estaba enferma gravemente (Crescenzia) casi de muerte, y un sacerdote le llevó la comunión. A mí también me dio la comunión y a otra de las presentes. Después de comulgar, miré hacia el suelo y vi a mi madre  y hermanas afligidas por mi ausencia y vi al capellán que miraba por toda  la casa buscándome. Me vino el deseo de regresar; y tener ese deseo y encontrarme en mi cama fue todo uno. No sé por qué puerta entré, solo sé que las puertas estaban cerradas y las ventanas selladas. El tiempo era tempestuoso con rayos y truenos y relámpagos, pero me encontré ilesa. Al oírme suspirar, vinieron mi madre y hermanas a mi cuarto y me encontraron toda seca de la cabeza a los pies. Sobre aquellas jóvenes enfermas que estuvieron conmigo, dos llevaban el nombre de María, una se llamaba Magdalena, otra Catalina y de otras dos no sé el nombre. Me pareció haber desaparecido de mi cama un tiempo brevísimo. Firmado padre Paolo de Paoli, Capriana 10 de diciembre de 1845.


SUS  AMIGAS  ESTIGMATIZADAS

En el tiempo en que vivió Domenica Lazzeri, vivían también otras dos almas víctimas muy cerca de su pueblo, Capriana. Una era María Mörl de Caldaro a unos 20 kilómetros de Capriana, y la otra era Crescenzia Nieklusch de Cermes (Tschermes). Estas tres eran como hermanas y se conocieron visitándose mutuamente en bilocación.

María von Mörl nació en Caldaro a 20 kilómetros de Capriana en 1812. El padre Juan Capistrano fue su confesor y director espiritual. El 4 de febrero de 1834 constató la estigmatización exterior. La llaga del corazón sucedió el 27 de diciembre de 1834. En ciertos tiempos estaba ciega totalmente y sin poder hablar. También tenía un total rechazo a la comida. Todas las terapias médicas  fueron inútiles A veces le venían a la garganta desde dentro pedazos de  vidrio, agujas, etc., que había que extraer de la boca y de los dientes. Una pierna estaba paralizada y un día le salió por el pie un clavo grueso, sin que  cesara la parálisis. Una fuerza invencible la tiraba de la cama y la echaba bajo la cama o contra la pared, haciendo golpear su cabeza sin hacerle daño. Y una voz horrenda le hablaba con sonidos claramente diabólicos por medio de la boca de María. La posesión era clara. Con permiso del obispo le hicieron exorcismos y tuvo un efecto positivo casi total. Desaparecieron esos fenómenos terribles y quedó solamente sin hablar. Quedó como víctima de un demonio mudo. 

Pero después de estos tiempos quedó casi continuamente en éxtasis sin hablar, pero viendo cosas sobrenaturales. Por eso la llamaron María la extática, María de Caldaro. Ella parecía absorta en visiones superiores, pero bastaba una palabra del padre Capistrano, su director, para obedecerle y regresar a la realidad, continuando muda. Solo se comunicaba con los visitantes con la sonrisa y el rostro. En los viernes padecía los sufrimientos de la pasión. Pudo retirarse a un convento de terciarias en su mismo pueblo de Caldaro, aunque debía estar siempre en cama y en sus éxtasis frecuentes podía levantarse de rodillas y  en levitación. Murió en 1868.

Crescenzia Nieklusch nació en 1816. Era hija de un molinero de Cermes. Apenas pudo, ayudó a sus padres en cosas útiles. Estuvo de criada en Merano, Treno y Verona. Regresó a casa con 19 años a la muerte de su madre. Estuvo enferma y en Pentecostés se le manifestaron los estigmas en manos, pies, costado y las heridas de la corona de espinas en la cabeza. Los viernes padecía también la pasión de Jesús hasta que le pidió al Señor que las llagas permanecieran invisibles, aunque debiera sufrir más interiormente. Jesús oyó su oración y las heridas cicatrizaron, quedando solo las cicatrices y el dolor. Dormía en la habitación más pobre de la casa y tenía una piedra por cabezal. Ayunaba mucho y después de un tiempo quedó sana y ayudaba al párroco, que era también el maestro de la escuela de niñas, excepto los viernes que se retiraba a revivir los dolores de la pasión. Fue amiga de Domenica Lazzeri y de Maria von Mörl y se visitaron mutuamente en bilocación. Murió en Bolzano.


CARISMAS  SOBRENATURALES

a) CONOCIMIENTO  SOBRENATURAL

La señora Domenica Spat tenía una hija desde hacía tiempo muy enferma. Angustiada, envió a la enfermera a Capriana a pedir a Domenica que rezara por la niña enferma. Domenica tuvo que responderle: La niña ya no necesita mi ayuda, porque acaba de morir en los brazos de su madre. Cuando la enfermera regresó, encontró que así había sucedido.

Un día supo con antelación que vendría un médico malvado que la maltrataría. Se presentó y sin consideración alguna le sujetó fuerte el pulso y ella tuvo fuertes convulsiones. Otro día fue un sacerdote que bebía demasiado y ella lo reprendió; porque si no, acabaría mal. De hecho terminó ciego sin haber cambiado de vida.

Un día de 1843 vino a visitarla el padre Francisco Javier Meninger de Estados Unidos. Ella supo a qué Congregación pertenecía y, al regalarle una medalla, escogió una con las figuras de san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier.


b) PROFECÍA

Profetizó que en la epidemia de cólera que se desató entre julio y octubre de 1836 no morirían ni tres en su pueblo de Capriana. Murieron solo dos, mientras que en toda la diócesis de Trento, a la que pertenecía, murieron 7.289. Igualmente en otra epidemia de 1855 murieron solo siete en Capriana, mientras que en la diócesis fueron varios miles.

Una señora, María Banal, en una carta a su prima le dice que Domenica le  había revelado a su madre que pronto moriría y de hecho murió en una semana.

Ella predijo la muerte de su madre. Se cayó por las escaleras el 30 de agosto de 1840 y murió el 30 de enero de 1841. A partir de entonces se encontró más solitaria. Solo su hermana Margarita la atendía, pero le faltaba el cariño de su madre. Sus hermanos Tomás y Pedro estaban casados. Y poco tiempo después también se casó su hermana Bárbara. Su hermana Margarita tenía que trabajar para vivir, porque en su familia nunca querían recibir nada de dinero ni de ayuda para evitar que pensasen que todo era un negocio montado para sacar dinero.

Cuando su madre vivía y hacía mucho frío en invierno, ponía sus manos sobre la cabeza de Domenica y así las calentaba fácilmente. Alguien le preguntó el 30 de agosto de 1846, si estaba contenta, a pesar de tanto sufrir, y ella mirando al cielo tuvo una expresión de alegría y de amor indecible.


c) CONOCIMIENTO  DE  LENGUAS

Conocía lenguas extranjeras sin haberlas estudiado. A Anatole de Segur le entendió el francés. Un día la visitó un sacerdote alemán. Ella le respondió en italiano. Él le manifestó que no sabía italiano y le dijo en alemán que la recordaba todos los días en la misa. Ella le respondió en alemán que solo había pensado en ella dos veces.


d) REDUCCIÓN  CORPORAL

El benedictino Beda Weber la visitó en junio de 1846, dos años antes de que ella muriera,  y parecía una niña de seis años. Se había reducido su cuerpo al de una niña de seis años, pero conservando la cabeza y el corazón, es decir, la mente y la humanidad de una mujer de 31 años. ¿Qué misterio era este? ¿Qué quería significar el Señor con esta reducción corporal? Porque si fuera normal, debía reducirse todo a la vez, mientras que en ella su cabeza era como la de una persona normal de su edad.


e) CURACIONES

El 29 de enero de 1836, después del mediodía, estando sufriendo mucho por la rotura de los dientes, invocó a la Virgen, que se le apareció con Jesús en la cruz. La Virgen le dijo que fuese constante, que durante 15 días y 15 noches tendría muchos dolores y después tendría dos días de descanso, lo que así sucedió. Antes de desaparecer esta visión, se presentaron dos ángeles, uno llevaba un cáliz con dos asas. Ella se adormiló y al cuarto de hora se despertó y encontró que su lengua y sus dientes estaban totalmente sanos.

Esto le sucedió en varias oportunidades. Un día una jovencita ciega fue llevada a casa de Domenica, quien le dijo: ¿No tienes confianza en la madre de Dios? Vamos a rezar juntas. Rezaron juntas algunos padrenuestros y avemarías y después Domenica le dijo: Ahora puedes irte. Y yendo a su casa, pudo ver sin problemas. Algo parecido le sucedió a una persona ciega de Trodena.

f) HEMOGRAFÍAS

Son escrituras o dibujos realizados sobrenaturalmente con la sangre de Domenica. Jesús le había concedió el don de la corona de espinas en la frente y se le veían unos puntos rojos. El día en que se le presentaron por primera vez, el 10 de agosto de 1834, el capellán Don Eccel le quitó el velo que tenía al cuello y apareció diseñada una cruz hecha de sangre, lo que algunos llaman hemografía o escrito con sangre. Sobre ella estaban las iniciales S.V.M.A. en línea transversal y debajo de la misma línea estaban D.L.C. Domenica manifestó que la misma Virgen María las había pintado con sangre tomada con sus manos. La misma Virgen le explicó que significaban Santísima Virgen María Abogada a ti que eres Domenica Lazzeri de Capriana.

En otro viernes apareció pintada una corona de espinas con las iniciales D.L.P.S.S., que descifradas significaban: Don a usted (lei) padre espiritual (spirituale) de la Salud. Estas eran las señales externas de que Domenica estaba estigmatizada y se asemejaba a Jesús en sus llagas. Hay que anotar que la llaga del costado solo se la vieron en una oportunidad su madre y su hermana. También tenía otras manchas rojas en la espalda, que  manifestaban las llagas de la flagelación.

Cuando la visitó el doctor Cloch, tomó un poco de la sangre de las heridas de la frente y la hizo analizar por el farmacéutico Leonardi de Predazzo y encontró que era verdadera sangre humana. No había trampa. El mismo doctor Cloch declaró que la cantidad de sangre que perdía cada viernes era de unas dos onzas, es decir unos 60 gramos. ¿De dónde se reponía, si no comía ni bebía y solo tomaba la comunión cada cierto tiempo y cada viernes iba perdiendo sangre? Dios iba creando de la nada la sangre que perdía y que recuperaba normalmente sin que se notara a lo largo de los años, una disminución de su peso.

El doctor observó que en la sangre que había tomado de Domenica no había traza de suero sanguíneo ni había olor. Otra cosa muy significativa es que durante los años que vivió desde 1834 hasta su muerte en 1848, nunca cambió las sábanas ni la cubierta y nunca se ensuciaron, como tampoco la almohada. Igualmente ella nunca tenía mal olor a pesar de la sangre que salía de su cuerpo.

Sobre hemografías, la mística italiana Natuzza Evolo (+2009) tuvo muchas y hermosas frases y dibujos, escritos con su sangre milagrosamente.


LA  VOZ

Una de las cosas más extraordinarias de la vida de Domenica fue la voz que oía frecuentemente. La primera vez fue en sueños el 9 de junio de 1834. La oyó por tres veces. Después la oyó en la noche del 19 al 20 de septiembre hasta el 5 de octubre.

El padre Degiampietro asegura en carta del 10 de noviembre de 1835 que la voz nunca le dice cosas contrarias a la fe o a la moral y a veces manifiesta el estado calamitoso de la conciencia de algunas personas. Tampoco dice jamás cosas ociosas y con frecuencia le hace a Domenica predicciones que se cumplen. La voz la dirigía como un director espiritual, aconsejándole cómo debía comportarse.

El 17 de noviembre de 1835 se le aparece un pajarito blanco en forma de ángel y ella le pregunta quién es. El responde: Soy uno mandado por Dios para confortarte y mantenerte humilde.

Sin embargo, el padre Degiampietro no quiere saber nada de voces ni ángeles y no cree en esas cosas. Durante un mes no se oye la voz, pero Domenica tiene apariciones silenciosas,  solo se ven luces y colores. Uno de los días tiene una visión extraña. Ve dos hermanos vestidos de blanco con cara de cielo, con los ojos fijos en el cielo. Después de estar mudos durante cinco o seis días, uno de ellos habló, recomendándola a Dios.

El pajarito blanco, se le hacía visible en el momento de la elevación de la misa, a la que Domenica asistía en bilocación. La voz que oía y la visión del pajarito le anunciaban con una semana de antelación lo que sucedería sobre su enfermedad. Por ejemplo le había sido anunciada la estigmatización del 10 de enero de 1835.

Predicciones de la voz o ángel: que en la epidemia del cólera de Capriana no morirían ni tres, como así sucedió. La futura destrucción de Capriana por un incendio, las muertes o curaciones de personas lejanas con indicación exacta del día y hora; de futuras vocaciones. También sabía con antelación el día en que llegarían peregrinos a visitarla y, si eran buenos, indiferentes o con malas intenciones. También veía y sentía a distancia lo que hablaban en la plaza a 600 metros de su casa, lo que se decía de ella en el pueblo o en la casa parroquial. Veía y oía la misa parroquial cada día y en las fiestas y domingos. Sabía decir a otros lo que había dicho el sacerdote en el sermón. Conocía la condición moral de cada persona. Vio a Monseñor Freinadimetz en Trento, a 35 kilómetros de distancia, y pudo describirlo.

Un día la voz le dijo: Cuanto más débil seas físicamente, serás más fuerte espiritualmente por la fuerza del Espíritu Santo. Después desapareció la visión y apareció un bellísimo cuadro a los pies de su cama en el que estaba como pintada la imagen de María santísima. Estuvo allí hasta que comenzó a amanecer.

El confesor pensó que podía ser la voz del demonio. Entonces la voz le manifestó que era un ángel mandado por Dios para confortarla y guiarla. Domenica, para evitar dudas, rogó que no viniera más, pero el ángel le dijo que lo haría si se lo mandase el Señor. Por fin el ángel se le reveló como el arcángel san Rafael. Fue el día de la fiesta del arcángel san Rafael, 24 de octubre. Y esta visita del arcángel durante mucho tiempo fue diaria o casi diaria.


APARICIONES

En una carta del padre Santuari al Vicario capitular de Trento el 9 de abril de 1835 le dice: Yo he visto el 31 del mes pasado, al hacerse de noche, un esplendor en un  armario y, al abrirlo, había una luz encendida, se supone milagrosamente.

El padre Degiampietro le escribió al padre Freinadimetz el 29 de marzo de 1836: El 30 de diciembre le di la comunión y tres cuartos de hora después se le presentaron dos hermanos vestidos de blanco con rostro celestial que parecían estar en altísima contemplación. Estaban sin hablar y al poco rato desaparecieron. Después se le aparecieron cinco o seis días seguidos. El último día uno de ellos habló, no a ella, sino directamente a Dios para recomendarla. Desaparecidos los hermanos, vino una joven vestida de blanco con un crucifijo en la mano, que la animó a ser constante en el servicio del Señor.

En carta del padre Degiampietro al padre Freinadimetz del 18 de junio de 1836, le escribe: Me dijo que el 17 de mayo a las nueve comenzarían sus fuertes dolores y que debería gritar por largo tiempo. Al día siguiente me contó que el día de la Ascensión, desde las 10 a la una se encontró en un jardín amenísimo donde había muchos ángeles, la Virgen María y otras personas conocidas suyas. Ese mismo día se le apareció por tercera vez san Antonio (de Padua) y le manifestó el inminente castigo de tres ciudades: Padua, Verona y Venecia.

El 5 de febrero vio una gran multitud de personas vestidas de blanco entre las cuales observó a un anciano que llevaba un crucifijo y a un joven que llevaba  una vela encendida. El anciano le dijo que era el día de santa Águeda y que venía a consolarla como había consolado a Águeda en la prisión. A media noche se le presentaron dos jovencitas vestidas de blanco, una dijo que era santa Águeda y la otra santa Dorotea, y le contaron su vida y su martirio con muchos detalles. El día de santa Fosca y en el de santa Eufrasia, también se le aparecieron estas santas, de las que no conocía ni el nombre.

El 25 de marzo se le presentó la Virgen dolorosa en compañía de una joven bellísima, que estuvo algún tiempo con ella. Esa joven le dijo que era santa Filomena, virgen y mártir, y le contó la historia de su vida y de su martirio, tal como se dice que le fue revelada a una religiosa y que es detallada en el libro Memorie intorno al martirio e culto della s. vergine Filomena, resumida por el padre Stanislao Gatteschi Fiorentino. Libro impreso en Venecia en 1835.

El 21 de julio vio a María a los pies de Cristo crucificado. El 24 se le presentó María con el Niño Jesús en brazos. El 10 de septiembre tuvo una visión de ángeles que la habían consolado.

Un día estaba sufriendo fuertes dolores y rezó a la Virgen pidiéndole ayuda. María se le apareció y con un pañuelo blanco le secó el rostro, sosteniéndole la cabeza hasta que se sintió mejor. También la peinó. Después la signó con la santa cruz en la frente en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Su confesor y capellán, el padre Michelangelo Santuari, escribió al rector del seminario de Trento el 19 de febrero de 1835: Cada noche viene, como dice la joven, a visitarla y socorrerla visiblemente la Virgen María que la consuela de sus vivísimos dolores, la toma en brazos y le acomoda los cabellos, que se ven bellos y ordenados cada mañana.

Lo más admirable de todo es que cada noche era visitada y socorrida visiblemente por la Virgen María, que le secaba el sudor, le aliviaba sus dolores, la tomaba del brazo, le acomodaba y peinaba sus cabellos, de modo que por la mañana estaba bien presentada y no se puede pensar que lo hubiera hecho ninguno de su familia. Podemos imaginar la felicidad que sentía cada día con esta visita maternal de María. Eran para ella momentos de cielo que la animaban en su camino de cruz por amor a Jesús y a los pecadores.

El padre Eccel, según dice el padre Santuari en la carta del 26 de febrero de 1835 vio un día, al entrar en la habitación de Domenica, una sombra en su cabecera, otro día un brazo con una mano blanquísima, que desapareció. Quizás con estos hechos sobrenaturales el Señor quería manifestar al capellán que todo era auténtico y no algo del demonio.


EL  DEMONIO

A veces el demonio se le presentaba como una serpiente grande que la movía con violencia. A veces ocurría que en sus momentos de violencia y convulsiones ella misma se trituraba los dientes, pero Dios se los reponía enteros y sanos con maravilla de los que conocían este hecho, como el mismo doctor Cloch lo reconoce en su visita de 1837. Vio todos sus dientes rotos y después los vio enteros y blanquísimos y bien dispuestos; y la misma lengua que la vio partida, la vio entera, húmeda y uniforme. Y esto sucedió en un cuarto de hora entre ambos hechos.

El 26 de julio el demonio la hizo sufrir durante ocho días con convulsiones terribles. Ella se daba con las manos juntas fuertes golpes al pecho y gritaba de modo que se le oían sus gritos desde muy lejos. En sus momentos de delirio, el demonio parecía tomar poder de su cuerpo en alguna medida y hasta por su influencia le salían gusanos de la boca.

Un día se le presentó el demonio bajo la forma de un ángel y le cantó dos estrofas en su honor para llenarla de soberbia. Ella se dio cuenta y lo rechazó. Regresó a los pocos días con lo mismo y ella de nuevo lo reconoció y lo rechazó.


LAS  LLAGAS  DE  JESÚS

Normalmente Domenica estaba alegre y resignada a su situación de enferma, en oración continua y meditando en la pasión del Señor. El 17 de noviembre de 1834 le aparecieron en la frente unos puntos rojos y unas manchas rojas en las manos, pies y costado. Eran los estigmas en germen, que se manifestaron más claramente el 10 de enero de 1835. Así se parecía enteramente a Jesús crucificado. Era un alma víctima que se había ofrecido a Jesús por la salvación de los pecadores. 

Desde la Pascua de 1834 hasta su muerte estuvo siempre inmóvil en su cama con las manos y los pies juntos. A partir del 10 de enero de 1835, sus manos, pies, costado y frente sangraban cada viernes al revivir la pasión de Jesús.

Los primeros en saber lo de los estigmas fueron los dos sacerdotes, el capellán y el confesor, don Santuari y don Eccel, que fueron llamados aquel mismo día.

El padre Antonio Eccel certificó: El día 16 de enero de 1835 vi las manos de Domenica con dos llagas abiertas de las que salía sangre. También vi los dos pies con las llagas abiertas saliendo sangre como en las manos. Manifestó que desde las 11 de la noche a la una de la mañana tendría fuertes dolores. También avisó que el día 17 y 18 no podría hablar con nadie, lo que fue todo cierto. Me declaró que a las 12 de la noche había tenido una visión. Había visto un rayo dorado como chispita que iluminó toda la habitación. Lo vio durante un cuarto de hora y después oyó una voz que le dijo que, desde las cinco de la tarde, tendría dolores fuertes que durarían hasta la una y media de la mañana. Todo sucedió como lo dijo.

El 21 por la mañana me manifestó que había tenido una visión triplicada y había oído la voz acostumbrada, diciéndole que sus llagas las podía hacer ver primero a los sacerdotes, a los de su casa y después a otras personas. El 22 por la mañana fui a visitarla y me dijo que había tenido una visión triplicada durante cuatro o cinco minutos y que creía que habían sido las tres divinas personas.

Algunos viernes se le veía todo el rostro lleno de sangre, pero era sangre que no venía de la frente, sino de los poros de la cara. Y hay una cosa curiosa y sobrenatural: que la sangre que salía de los pies, en vez de correr hacia abajo de acuerdo a su posición normal en la cama, corría hacia arriba, hacia los dedos de los pies, como correría si Domenica estuviera clavada en una cruz. Igualmente la sangre que salía de las manos y de la frente corría en dirección contraria a la que sería normal estando en cama. De esta manera se confirmaba que Domenica era un verdadero crucifijo viviente. Incluso a las tres de la tarde, hora de la muerte de Jesús, ella quedaba como sin fuerzas y parecía que estaba muerta. Solo se veía que estaba viva, porque estaba su cuerpo caliente. Era un morir místico, pero aparentemente real con todos los sufrimientos de la cruz. Desde el 12 de mayo al 16 de julio de 1836 parecía realmente muerta y solo se le veía la señal de un levísimo, apenas perceptible, movimiento del bajo vientre. Uno de sus visitantes dijo: En ella he visto reunidos todos los sufrimientos que Él soportó por nuestro amor.

Estos dolores de la crucifixión también se manifestaron en algunas fiestas o días especiales como el día de la Dolorosa.

El benedictino Beda Weber escribió: Me senté delante de ella en una silla. Cuando ella se dio cuenta de que yo estaba allí, me miró con ojos azules penetrantes. Era un viernes a mediodía. Al primer sonido de la campana del Angelus se contrajo su rostro, la luz de ojos se apagó y un silencio de muerte se extendió sobre su rostro, solo los extremos de su boca palpitaban ligeramente. Al terminar el sonido de la campana, un sudor sanguíneo descendió sobre el rostro. Sus manos blanquecinas se posaron sobre la  cubierta (y comenzó a vivir la pasión de Jesús).

Tengamos en cuenta que por más que sangraba todos los viernes y le salía sangre de la frente y del costado y de los pies... nunca manchó las sábanas o la cama. La sangre del rostro caía sobre un pañolón que tenía alrededor del cuello; otros grumos de sangre se caían por sí solos sin manchar. Todo estaba limpio, incluso su propio cuerpo sin necesidad de lavarse nunca. Y lo mismo la camisa tantas veces manchada de sangre.

Algunas veces Domenica refiere que se sentía abandonada de Dios, era la noche oscura de que hablan los místicos, pero también tenía momentos de cielo que compensaban los momentos oscuros y sobre todo le daban ánimo para seguir adelante ofreciendo sus sufrimientos por los pecadores en unión con Jesús. Por eso solía decir: Yo estoy en Cristo y Cristo está en mí. Y quiero sufrir hasta el último momento del mundo, si eso lo quiere Jesús.

Pero por otra parte no olvidemos que muchísimas noches venía la misma Virgen María a asearla y acariciarla y darle ánimos y fortaleza para seguir sufriendo por amor a Jesús y por la salvación de los pecadores.

Otros casos famosos de estigmatizados del siglo XX son el del padre Pío, Gema Galgani y Teresa Neuman.


SU  MUERTE

Domenica se durmió suavemente en el Señor, como había predicho con antelación. Sus últimas palabras fueron: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Estas palabras las repetía mucho y oraba mucho por los pecadores. Extendió sus manos sobre la cubierta de la cama y terminó diciendo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

En el atestado de su muerte se lee: El 4 de abril de 1848, a las ocho de la mañana, murió en Capriana María Domenica Lazzeri, la meneghina, y fue sepultada en el cementerio de San Lázaro el día 10 de abril. Tenía 33 años.

Su cuerpo fue expuesto durante seis días sin que se sintiera mal olor y esto, a pesar que durante 14 años no se le cambiaron las sábanas ni le cambiaron de cama ni lavó su cuerpo.

El funeral fue celebrado con gran concurso de pueblo y fue colocado su cuerpo en un doble ataúd.

Su primera exhumación fue en la noche del 11 al 12 de diciembre de 1876, pero en ninguna de sus dos ataúdes había nada. Quizás eso se debiera a que en el incendio del pueblo en 1862 (que había sido predicho por ella) la cambiaron de lugar. De hecho, con permiso de la autoridad civil y eclesiástica, en 1944 se hizo una segunda exhumación; y a 90 centímetros de profundidad se encontraron huesos humanos, que según el médico databan de hacía unos 70 años. Esto ya daba cierta seguridad de que ahí estaba Domenica. Y junto a vidrios y fragmentos de papel (seguramente una Memoria de su vida escrita y dejaba en su ataúd) se encontraron huesos de mujer de un metro con treinta centímetros de largo. También el cráneo de mujer adulta (se sabía por Beda Weber que su cabeza no había disminuido, mientras su cuerpo se había reducido) con 11 dientes intactos. También había huesos de varón, de niño y de adulto, que fueron separados. Los huesos femeninos eran ciertamente de Domenica Lazzeri.

Y ella continuó intercediendo por sus devotos y Dios hace milagros por su intercesión. Una mujer declaró: En el verano de 1950 debía ser operada en el hospital mayor de Milán, pero por el gran calor fue postergada la operación. Mi padre consiguió un poco de tela que había usado Domenica para aplicármela en el lugar de los dolores y quedé curada. Han pasado 40 años y no tuve necesidad de operación  .

El 4 de mayo de 1991 me caí de una escalera y apenas pude entrar en casa. Me quisieron llevar de inmediato al hospital, pero les dije que no podía. Un familiar me llevó donde una empírica, quien me dijo que al menos en un mes no podría caminar. Los dolores eran fuertes, pero al día siguiente no sentí dolores. Y dije: "La Meneghina (Domenica) ha venido y me ha curado"  .











CONCLUSIÓN

Después de haber leído atentamente la vida de Domenica Lazzeri, podemos decir llenos de alegría: Bendito sea Dios en la vida de sus santos. Los santos son verdaderamente como una ventana a través de la cual podemos atisbar las alegrías del cielo y el valor del sufrimiento para conseguirlo.

Normalmente no podemos entender que algo que rechazamos naturalmente como es el dolor, pueda ser de utilidad para la santificación personal. Y, sin embargo, Jesús nos enseñó con su muerte en cruz el valor del sufrimiento; no es algo absurdo y sin sentido, sino algo que tiene su valor sobrenatural de cara a la eternidad que nos espera.

Aprendamos de los santos. Vivamos para la eternidad. Aprovechemos los momentos de dolor para ofrecerlos con amor a Dios, aunque no entendamos su porqué. Aceptemos la voluntad de Dios manifestada a veces a través de los acontecimientos de la vida, incluso los adversos y dolorosos. Y levantemos nuestra mirada al cielo y digamos con fe y amor: Señor, no te entiendo. Soy demasiado débil para sufrir. Si es posible, aparta de mí este problema o esta enfermedad que me hace sufrir, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya.

Y el Señor nos bendecirá mucho más de lo que podemos pensar o imaginar. Por eso podemos entender que santa Teresa de Calcuta pudiera decir que el dolor es un regalo de Dios, un tesoro que Dios pone en nuestras manos y que, si sabemos aceptarlo y ofrecerlo, encierra inmensas bendiciones divinas.

Hermano lector, que el Señor te bendiga con toda tu familia y seas santo. Es mi mejor deseo para ti. Saludos de mi ángel


Tu hermano y amigo para siempre.
P. Ángel Peña O.A.R.
Agustino recoleto


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BIBLIOGRAFÍA

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